¡Ya falta menos!... Este próximo martes 23 presentaré en Alcalá de Henares mi segundo libro de cuentos: "El eco y el espejo". Me acompañarán mi editor, Paco Arriero y el grupo vocal "Voces de mujer", que leerá algunos de estos relatos.
Será a las 19 horas en el Centro de Estudios Profesionales, en C/ Lope de Vega, 1
Si no tenéis nada mejor que hacer, podéis pasaros por allí. Hablaremos de literatura, firmaré libros...¡Lo pasaremos bien!
domingo, 21 de febrero de 2016
lunes, 11 de enero de 2016
Todo mortal
Son muchas las satisfacciones que uno recibe al dedicarle buena parte de los ratos libres (y no tan libres) a la literatura. Estando de acuerdo con Borges en que uno se encuentra más orgulloso de las lecturas que de los libros que ha escrito, es indudable que se viven grandes momentos cuando un trabajo al que has dedicado buena parte de tu vida es reconocido con algún premio. Lo digo por experiencia: negarlo es de necios y de hipócritas. Pero creedme si os digo que hay otras alegrías que podrían situarse al mismo nivel. Son las alegrías que proporcionan esos descubrimientos de los que uno se siente especialmente orgulloso. Este es el caso de Ana Belén Rodríguez Patiño, que ganó la primera edición del premio “Mujer al viento”, que convoca la editorial Playa de Ákaba junto con el ayuntamiento de Torrejón de Ardoz, y en el que participé como jurado. Siempre es difícil en un certamen decantarse por una obra u otra, por temor a ser injusto. Pero en mi caso lo tuve muy claro: “Todo mortal” fue la mejor novela con diferencia y no sólo eso, sino uno de los veinte mejores libros que he leído en los últimos años.
Todo mortal narra varias historias paralelas que se sitúan
en diferentes escenarios de la España de mediados del siglo XIX. Por un lado
cuenta la historia de Emilio Bravo, que regresa a Luanco (Asturias) como un
indiano rico a disfrutar su inmensa fortuna después de 30 años recorriendo
buena parte de América. La acción se desarrolla también en Sevilla e incluso
París y tiene a otro de los personajes como referente de la novela: un
adolescente Gustavo Adolfo Bécquer,
cuyo espíritu planea a lo largo de todo el texto. Emilio Bravo es coleccionista
de reliquias, objetos raros y libros de ocultismo. Llevado por la desesperación
por hallar una cura para una rara enfermedad tropical que le impide dormir por
las noches, Emilio quiere conseguir para su colección el libro “Filosofía oculta”. Piensa que ese libro
prohibido guarda las claves para su sanación. Para conseguirlo entra en
contacto con Federico Urtubi, un industrial vizcaíno y coleccionista de este
tipo de libros. El azar involucrará entonces a Emilio Bravo en un viaje (mitad
búsqueda, mitad aventura) donde coincidirá en Sevilla con bibliófilos,
coleccionistas de arte y también con Manuela Monnehay, una misteriosa e
influyente aristócrata francesa afincada en Sevilla y tutora del joven Bécquer,
que debe velar por su futuro al quedar huérfano. Manuela Monnehay será otro de
los personajes fundamentales de la novela.
Con este planteamiento, Ana
Belén Rodríguez Patiño teje un tapiz plagado de misterio, amores
soterrados, falsas identidades, gusto por lo oculto, objetos exóticos que
evocan mundos desconocidos, visitas a cementerios a medianoche, sueños por
cumplir, viajes… ingredientes todos ellos de la mejor tradición folletinesca al
servicio de una trama que encaja en los cánones de la literatura de misterio y
aventuras del romántico más genuino. “Todo
mortal” ha conseguido despertar el recuerdo de esos relatos de Stevenson, Dickens, Robert E. Howard o Defoe que leí en la adolescencia.
También con su estilo creo que ha logrado conectar con el espíritu de las
leyendas de Bécquer. Es difícil encontrar hoy día autores que escriban con una
prosa acorde a la estética del mundo que representan. Ese mundo en el que
conviven los avances médicos de la época, la fascinación por los globos
aerostáticos o los balbuceantes inicios del ferrocarril, con una sociedad
todavía dominada por la superstición y las convenciones sociales más
tradicionales.
Destaco hacia el final de la novela un diálogo que mantienen
Manuela Monnehay y Gustavo Adolfo Bécquer, que se podría interpretar como un
diálogo entre la madrina y el ahijado, entre la madurez y la juventud, entre la
razón y el corazón, la realidad y el sueño. Ese diálogo sintetiza el espíritu
de una época que vive la lucha permanente entre la realidad y las quimeras con
que todavía es capaz de soñar el romanticismo, que está viviendo ya sus últimos
coletazos como movimiento estético y como forma de ver el mundo.
Y muy sugerente me ha parecido también esa especie de
reunión clandestina en París de escritoras europeas (las hermanas Brönte, George Sand, Elisabeth Gaskell,
Carolina Coronado, Cecilia Bohl de Faber) para hacer oír la voz de la mujer
a las puertas del siglo XX. Me ha parecido ver en el personaje de Manuela
Monnehay un trasunto de Emilia Pardo
Bazán, escritora de la época, primera mujer en presidir la sección
literaria del Ateneo de Madrid y gran agitadora cultural. Por cierto, fue
además una prolífica autora de cuentos: se estima que escribió más de 500
(Personalmente prefiero la Pardo Bazán cuentista, a la novelista). Y aunque no
se la menciona, pues Pardo Bazán apenas era una recién nacida cuando tiene
lugar esa escena, he creído ver un claro homenaje a la autora gallega en la
novela.
Si mantiene el nivel de “Todo
mortal” en el futuro, habrá que estar atentos a los próximos libros de Ana Belén Rodríguez Patiño,
especialmente con la continuación de la historia, que creo no tardará en salir.
Promete muy buenos momentos de lectura.
viernes, 18 de diciembre de 2015
Lo que ha quedado del Imperio de los Zares
El libro del que
hablaremos hoy es una crónica periodística que emprendió Manuel Chaves Nogales en París durante los meses de enero y febrero
de 1931 en el diario “Ahora”.
Recordemos que aún no había llegado la II República y Alfonso XIII aún tardaría
50 días en salir huyendo hacia Roma. Pero ya en el mundillo periodístico, los
más influyentes simpatizaban clarísimamente con la revolución bolchevique. Hasta
el punto de que se organizaron viajes de periodistas a Moscú para loar los
avances de la revolución. Manuel Chaves
también viajó allí pero no le gustó en absoluto lo que vio. Y prefirió
compensar ese exceso de entusiasmo de sus colegas con un viaje a París, donde
se encontraría con la mayor parte del exilio ruso que hubo de abandonar su
país. Porque eso es algo que a menudo se olvida: la revolución bolchevique
trajo consigo una guerra civil en Rusia que duró varios años y una cruenta
represión posterior que llevó al exilio a más de dos millones de rusos a
establecerse en toda Europa. Y todo eso, antes de que llegara Stalin al poder,
el mayor genocida de la historia. Francia fue el país de acogida más generoso.
Y allí se fue Manuel Chaves Nogales
a hablar con esa otra parte de Rusia, a escuchar sus experiencias y sus
sentimientos. En esa época emprender esa tarea era optar por la valentía y la
independencia. Y lo pagó.
Manuel Chaves se entrevistó con todo tipo de rusos: descendientes de la aristocracia y
de la familia Romanov, militares, políticos, empresarios, con artistas,
escritores… Gran parte de la crónica la dedica a entrevistar a aspirantes a
heredar el trono del zar. Cuenta uno de ellos: “El día de mañana la reconstrucción de Rusia será posible gracias al
heroísmo callado de esos compatriotas que hoy se privan de todo y en medio de
la dispersión del mundo se aíslan para no confundirse, para no dejar de ser
rusos nunca, para que siga habiendo una ciencia rusa, un arte ruso, una cultura
rusa, en fin.” Un fenómeno curioso que cuenta con gracia Manuel Chaves es que debido a la gran
cantidad de exiliados de abolengo, antiguos señores y gente aristocrática y
acomodada, se aprovechó alrededor de este cortejo de grandes señores venidos a
menos, una tropilla de pseudoaristócratas, comerciantes judíos, viejos
burócratas, antiguos servidores y aventureros, que por curiosa paradoja son los
más celosos defensores de los prestigios de clase que en realidad no
disfrutaron nunca. Son esos tipos de arribistas de la grandeza caída en desgracia,
como los llama Manuel Chaves, los
que más envilecen la clase. Pero hasta en este detalle grotesco se ve el
orgullo de pertenencia, de ser parte de la herencia rusa que les impidió
diluirse en los países de acogida, un legado al que no renunciaron pese a estar
en el exilio.
Llama la atención que
gran parte del exilio ruso, al menos la que siente la responsabilidad de
liderarlo tuvieran muchas esperanzas en un regreso cercano: “El innegable fracaso de las utopías
comunistas irá debilitando poco a poco el monopolio político del partido
bolchevique” , augura uno de estos líderes. No hace falta decir que se
equivocaron. Aún tendrían que esperar casi 70 años para ver caer el muro.
Otros testimonios nos
hablan del momento de la huida, patético, de vida o muerte. Es el caso de Kerenski, que desalojó del palacio a la
familia Romanov en marzo de 1917 y luego fue laminado en octubre de ese mismo
año por los bolcheviques, que tomaron el poder. Manuel Chaves define a Kerenski
como “un hombre sensato, realista y
valiente, aferrado a sus convicciones intelectuales… Procuraba en vano
mantenerse en el fiel de la balanza, queriendo ser ecuánime cuando se habían
desatado las fuerzas del mal y la ecuanimidad era un delito.” Leyendo este
perfil del personaje, uno puede ver en el espejo de Kerenski la imagen del propio Manuel
Chaves en la España de entonces. Y creo que él mismo se veía así.
Otra huida sonada y de
película fue la que protagonizó La
Balachova, bailarina de fama mundial y primera bailarina del Gran Teatro Imperial
de Moscú. Tuvo que salir huyendo disfrazada y esconderse en el bosque varios
días para salvar el pellejo. Su casa de Pretschinskaya, que era al mismo tiempo
un palacio y un museo fue ocupada por Isadora
Duncan, la bailarina roja, su gran rival en los escenarios. Como una
especie de ironía o como si se tratase de una revolución hecha a escala, Duncan
se dedicó a destruir todo lo que era del agrado de La Balachova, muebles de lujo, tapices de gran valor artístico,
cuadros…
Otro tanto podría decirse
de la familia de Irene Nemirowski,
escritora a la que también entrevistó y que sólo había publicado hasta entonces
la novela “David Golder”, pero ya había llamado la atención del mundo literario,
pese a su juventud. Irene Nemirowski
personificó como nadie los tiempos más duros del siglo XX: después de huir del
régimen soviético, acabó sus días en el campo de concentración de Auschwitz,
del régimen nazi.
Al exilio fueron a parar
también los nacionalistas ucranianos y militares y líderes de las repúblicas
del Cáucaso. También fueron objeto de atención en su reportaje, aunque no eran
rusos propiamente dichos. Pero huyeron igualmente, pues no fueron bien tratados
por las autoridades bolcheviques, ni antes tampoco bajo el poder despótico del
zar.
lunes, 7 de diciembre de 2015
Betty Everett
Habiendo nacido en Misisipi y siendo negra, Betty Everett tenía muchas papeletas
para ser pobre o dedicarse a cantar soul. Pero ella tocaba el piano desde niña
y cantaba gospel en la iglesia. Así que no tardó en decantarse. Cuando se
trasladó a Chicago con 18 años, empezó a grabar en pequeñas discográficas locales.
Pero no fue hasta 1963 cuando le llegó la oportunidad de tener una carrera
sólida al firmar por el sello Vee-Jay Records. Una discográfica que antes de
quebrar en 1966 había producido a numerosas estrellas de la época como John Lee Hooker, The Spaniels, Gene Chandler,
Four Seasons, Little Richard, Gladys Knight and The Pips o incluso a Billy Preston, antes de que quedara
para la historia como el quinto Beatle. Betty
Everett alcanzó su mayor éxito en 1964 con The Shoop shoop song, canción que muchos años más tarde Cher haría mundialmente conocida. Betty
no volvió a brillar con sus siguientes singles y poco a poco fue apagándose,
aunque siguió cantando hasta 1980. Murió en 2001 a los 61 años.
sábado, 21 de noviembre de 2015
La piel
Al principio mi cuerpo pesaba como un revestimiento de plomo
invisible sobre mi piel. Caminaba como si cada paso estuviese legitimado por el
peso de una decisión de vida o muerte, igual que el Cristo que sobrelleva en
sus hombros la cruz de la culpa universal, con el mismo compromiso, con
idéntica resignación.
Al principio achacaba mi peso desproporcionado a una
estructura ósea más propia de alguien cercano a los seis pies de estatura, pues
aunque no soy bajo, mis medidas se diluyen en lo convencional. Luego comprobé
que los motivos del exceso había que buscarlos más cerca de la superficie,
concretamente en los diez centímetros de espesor de mi epidermis. Con ella me
sentía a salvo de todo cambio de temperatura, invulnerable a los golpes,
protegido como la morsa que retoza en aguas gélidas, encapsulado como el feto
en el limbo amniótico.
Nunca fui consciente de mi problema hasta que la acumulación
de piel en los párpados me impedía observar el mundo exterior sin tener delante
un obstáculo de pliegues. Fue entonces cuando me enfrenté a la disyuntiva de
elegir entre mi revestimiento cutáneo o mi novia, harta de verme acolchado y
sin forma. Como uno procura siempre hacer propósito de enmienda para estar bien
avenido en el mundo que le rodea, decidí cambiar de aspecto a toda costa. Así
que aprovechando un padrastro incipiente en el pulgar de la mano izquierda,
tiré de él con paciencia de artesano. El experimento funcionó, pues con cada
tirón conseguía ahondar hasta los estratos más íntimos. Al cabo de los tres
días me desprendí por completo de una corteza de veinte kilos, dejando al
descubierto hasta los rincones del alma.
Pero ahora que mi figura se aproxima a los cánones de
belleza que nos gobiernan, ahora que he accedido a un sacrificio de dolor,
ahora que he comprado el amor al precio de mi salud, me siento rechazado y
perseguido como un paria que asume el rol de una casta inferior.
Mi novia ya no quiere acercarse a mí porque ahora mi piel
resbala como la de un sapo y se ha cubierto de pústulas que supuran un humor verdoso
y pestilente. Tampoco puedo vestirme pues el contacto prolongado con cualquier
superficie me produce urticaria, fiebres y calcificación en las articulaciones,
motivo por el que ya me he habituado a dormir de pie. Es evidente que ya no
encajo en el mundo de los humanos puesto que ya no puedo pasar desapercibido ni
ejercer de persona, aunque mi nombre siga engrosando el censo de mi ciudad.
Afortunadamente hay una charca en la finca de mi novia, pequeña,
cenagosa y acogedora que voy a convertir en mi nuevo hogar. Así podré estar
cerca de ella porque en el fondo sé que aún me quiere.
sábado, 7 de noviembre de 2015
Emilio Gavilanes gana el XII Premio Setenil 2015
La semana pasada conocimos el veredicto del jurado del premio Setenil 2015. El premio ha recaído en "Historia secreta del mundo", de Emilio Gavilanes y publicado por Ediciones La Discreta. Recordemos que esta ha sido la edición del premio con mayor participación (97 aspirantes) desde que se convoca este certamen. El libro reúne numerosos relatos de corta duración que recorren la historia de la humanidad para contarnos los hechos más significativos pero también los más secretos e íntimos, y en apariencia intrascendentes. Pero precisamente por eso nos muestran la humanidad en su más pura esencia.
Emilio Gavilanes, con una decena de libros publicados, tiene una dilatada trayectoria literaria desde que Seix Barral publicara en 1991 su primera novela "La primera aventura". Quizá no sea demasiado conocido pero varias de sus obras han sido reconocidas con importantes galardones como el Tiflos de novela en 2014 por "Breve enciclopedia de la infancia", o "La tabla del dos", que fue Premio NH de relatos en 2003. También fue finalista del premio Setenil en 2005 por "El río", también publicado por La Discreta. Enhorabuena, Emilio, leeremos tu libro con mucho interés y de paso te conoceremos más a fondo.
Reconforta saber que este tipo de galardones, el más importante de cuento en España, está abierto a todo tipo de autores y editoriales, lo que lo hace imprevisible, dinámico y no me atrevería a decir que justo para no levantar suspicacias a los organizadores de otros premios, pero sí al menos podemos tener la garantía de que todos los autores son tratados en igualdad de condiciones, aunque no publiquen en las grandes editoriales ni su nombre esté entre los más conocidos por la crítica y los lectores. Esto anima a que algunos en España sigamos apostando por escribir cuentos... Y a otros, me imagino, los animará a levantar editoriales que los publiquen. Titánica labor.
domingo, 27 de septiembre de 2015
The Caravelles
Pocas veces un inicio fue tan prometedor como este que protagonizó en 1963 el dúo británico The Caravelles, formado por Lois Wilkinson y Andrea Simpson, que rondaban por entonces la mayoría de edad. Con este primer single alcanzaron el nº 3 de la lista americana y el nº 6 en Gran Bretaña. También se colaron con éxito en las listas de otros países como Alemania, España o Suecia. "You don't have to be a baby to cry", les abrió las puertas del éxito. En menos de un año ya habían compartido escenario con estrellas ya consagradas de la época como Cilla Black, Gerry and The Pacemakers, Jackie de Shannon, Rolling Stones, The Drfiters, The Barchelors... Incluso en varios conciertos con The Beatles, en Escocia y en Estados Unidos. Pero todo pasó tan rápido que no pudieron digerirlo. No volvieron a repetir el éxito de su lanzamiento y el dúo acabó separándose en 1966. Eso sí, antes se pasaron por España para cantarnos que no hace falta ser un bebé para llorar.
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