miércoles, 20 de septiembre de 2017

Finalistas del XIV Premio Setenil 2017

El XIV Premio Setenil 2017 al Mejor Libro de Relatos Publicado en España ya tiene sus diez finalistas de entre un total de 117 títulos, en la edición más concurrida de su historia.
Convocado por la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Molina de Segura y dotado con 10.000 euros, se decidirá este año entre estos títulos elegidos por la comisión de preselección. Son los siguientes: 
1.- “Aprenderé a rezar para lograrlo”, de Víctor Balcells Matas (Delirio); 2.- “La condición animal”, de Valeria Correa Fiz (Páginas de Espuma); 3.- “El mosquito de Nueva York”, de Daniel Díez Carpintero (Sloper); 4.- “Peces de charco”, de Ana Esteban (Baile del Sol); 5.- “La vuelta al día”, de Hipólito G. Navarro (Páginas de Espuma); 6.- “Teatro de sombras”, de Fermín López Costero (Nazarí); 7.- “O”, de Alejandro Pedregosa (Cuadernos del Vigía); 8.- “La acústica de los iglús”, de Almudena Sánchez (Caballo de Troya); 9.- “La mirada del orangután”, de Chelo Sierra (Diputación de Cáceres) y 10.- “Nuestra historia”, de Pedro Ugarte (Páginas de Espuma).
En esta decimocuarta edición preside el jurado la escritora madrileña Pilar Adón, siendo también vocales Carmen Valcárcel, profesora titular de Literatura de la Universidad Autónoma de Madrid, y Aurora Gil Bohórquez, escritora y catedrática de Lengua y Literatura de Secundaria. Me da que este año están muy bien situadas Chelo Sierra, Valeria Correa e Hipólito G. Navarro. Pero como siempre, habrá que esperar acontecimientos. El fallo se emitirá a partir de octubre, y el acto de entrega tendrá lugar a finales de año en Molina de Segura.
Suerte a los que quedan. 

viernes, 1 de septiembre de 2017

Violeta sabe a café



Ahora que se acerca el momento de conocer los finalistas del premio Setenil de este año, voy a recomendar la lectura de este volumen de cuentos de Manuel Pozo Gómez, “Violeta sabe a café”, editado por Premium Editorial. El libro, (con buena tipografía de letra y una portada realmente atractiva), reúne nueve cuentos que han sido premiados en diferentes certámenes de relato corto, algunos de ellos de bastante relevancia como el “Cuentos sobre Ruedas”, “Puente Zuazo”, “Villa de Iniesta” o el “Federico García Lorca”. Son historias ambientadas en entornos bélicos, o bien se desarrollan en tiempos de paz, pero con el poso que dejan los conflictos en cualquier época y lugar. Con una prosa sencilla, sin artificios ni alharacas, con una buena cadencia y fluidez narrativas,Manuel Pozo nos demuestra que con estos mimbres se pueden trazar muy buenas historias porque sabe cómo construir personajes y dotarlos de gran humanidad, con perfiles diferentes y complejos. Y porque un buen cuento ha de sostenerse en los detalles, (aspecto éste que todo buen cuentista debería tener siempre presente), Manuel Pozo pone especial atención en esos instantes, esos gestos, en una palabra o una mirada, en una pequeña nota manuscrita, en definitiva en esos pequeños detalles que sirven para elevar la tensión dramática y conducirla hacia un desenlace que tiende más bien a abrir una rendija a la esperanza. Manuel Pozo se empeña con estos cuentos en convencernos de que merece la pena seguir confiando en el ser humano, que alberga en realidad un buen fondo, pese a los muchos precedentes que a lo largo de la historia se han encargado de llevarle la contraria, guerra tras guerra.

Conocí a Manuel Pozo Gómez gracias a un certamen literario celebrado en Villalar de los Comuneros, en 2014. Ya entonces llevaba una trayectoria exitosa que le había reportado un buen puñado de importantes galardones por toda España. Le pregunté por curiosidad si no estaba interesado en reunir sus relatos en un volumen. Y me sonrió, entre humilde y pudoroso, tal vez pensando en lo inalcanzable de ciertas quimeras, o en que quizá ya se sentía satisfecho con el reconocimiento de los diferentes jurados. Pero supongo que como el buen vino, los libros de cuentos requieren de tiempo para madurar. Claro que sin vendimiadores que los recolecten, como Premium Editorial, se condena a buenos caldos al limbo de lo que podría haber sido y no fue, como sucede con demasiada frecuencia con los libros de cuentos.

Afortunadamente no es el caso de “Violeta sabe a café”, libro que hay que catar despacio, sin prisas, como el buen vino, para apreciar las historias con todos sus matices. Como el relato que da título al volumen, el más corto pero no por ello menos intenso, con ese giro final, una última frase,  que emociona. O “Endika”, enmarcado en la guerra de los balcanes, que es uno de sus mejores relatos y acaso el más descarnado. Destaco también “Sin goles en el frente”, donde narra un frustrado partido de fútbol, en una especie de tregua, entre los dos bandos que se enfrentan en las trincheras durante la guerra civil española. Y “La fuga del 23 de diciembre”, una trepidante historia que cuenta la huida en autobús de un grupo de personas que quiere cruzar a la parte occidental del muro de Berlín en vísperas de navidad. Es un relato de un ritmo vertiginoso y en el que se palpa una tensión creciente hasta el final. Cierra el volumen “Los ojos de Endika eran verdes”, un relato que amplía la historia que cuenta en “Endika”, con un estilo diferente, y donde prima la intriga en una investigación periodística que introduce otros temas de interés, como la inmigración ilegal o la prostitución, derivados de los conflictos bélicos; o ese otro asunto no menos interesante que se refiere al duro regreso a casa de los soldados desplazados en misiones internacionales y sus secuelas emocionales. Un relato magnífico que me hubiera gustado escribir a mí y que daría para una buena novela. De hecho es el más largo de la colección.

No sé lo que decidirá el jurado de este año del premio Setenil. Es muy difícil colarse entre los 10 finalistas, siendo 117 los candidatos de esta edición. Pero en realidad no importa: lo consiga o no, “Violeta sabe a café” es un libro totalmente recomendable, y Manuel Pozo Gómez un escritor que sabe captar con su mirada la grandeza y las miserias de la condición humana. Denle una oportunidad. No se arrepentirán.


lunes, 24 de julio de 2017

Rércord de participación en el XIV Premio Setenil

Bueno, señoras y señores, ya está aquí la lista de libros que este año se han presentado en el XIV Premio Setenil de libros de cuentos. En total, 117, lo que supone un récord considerable, si tenemos en cuenta que hace unos años se estableció la anterior marca de participación, con 82 libros. Este auge por el cuento merece un comentario. ¿Estamos viviendo una época dorada en el género? ¿Por fin se ha cotizado en el mercado (no me gusta esa palabra), o en la crítica como se merece? Solo el tiempo lo dirá. 
Lo que sí podemos decir es que este hecho tiene que ver con la proliferación de talleres literarios que ha habido en los últimos años, tanto presenciales como a través de la web, con la buena acogida que cada año tiene la convocatoria de este premio y seguramente también con la "facilidad" que hoy en día hay para autopublicarse el puñado de cuentos en los que uno ha invertido su tiempo y su talento (y en muchos casos hasta su falta de él). Hace 10 o 15 años no había tanta oferta. Sin duda, eso ha disparado la participación. Porque si solo nos fijamos en los libros que publican las editoriales tradicionales que arriesgan su dinero, no vemos que haya una gran diferencia de participación respecto a otros años. ¿Eso significa que la masificación empeora la calidad media de las obras? Probablemente sea así, aunque no tiene por qué. Pues yo creo que no tardará en llegar la edición en la que resulte ganadora (o casi) una obra autopublicada. Será cuestión de tiempo. De hecho, creo recordar que Fernando Clemot ya ganó el Setenil con “Estancos del Chiado”, un conjunto de relatos que se financió el mismo. Aunque dicho sea en honor a la verdad, que él ya llevaba varios años escribiendo cuentos, concursando y ganándolos. De hecho los cuentos que forman parte de ese libro fueron premiados en importantes certámenes. Es decir, no era un recién llegado, no era uno de esos que se creen escritores solo porque tienen un libro que se han pagado ellos mismos de su bolsillo.
Este año, el jurado estará presidido por Pilar Adón. Ardua tarea la suya. Le esperan por delante varios meses de lectura. Como cada año, en septiembre se dará a conocer la lista de los 10 finalistas. Y en noviembre se desvelará el ganador de los 10.000 euros del premio.
Suerte a todos.
Estos son los participantes por orden de llegada.

1.- “Manual de jardinería”, de Daniel Monedero (Relee); 2.- “Lo que no está”, de Jesús Barrio (Relee); 3.- “Papel, papel y tinta”, de Paloma Ulloa (Talentura); 4.- “Voces para un tiempo muerto”, de Miguel A. Zapata (Talentura); 5.- “La máquina enfurecida”, de Eduardo Cano (Talentura); 6.- “Perro verde”, de Mercedes Gutiérrez (Renacimiento); 7.- “Botella abierta”, de Francisco Garzón Céspedes (Comoartes); 8.- “Historia de la mujer de elegancia vienesa”, de Francisco Garzón Céspedes (Comoartes); 9.- “Rojas. Relatos de mujeres luchadoras”, de Carmen Barrios Corredera (Utopía); 10.- “La vuelta al día”, de Hipólito G. Navarro (Páginas de Espuma); 11.- “Fantasía Lumpen”, de Javier Sáez de Ibarra (Páginas de Espuma); 12.- “Nuestra historia”, de Pedro Ugarte (Páginas de Espuma); 13.- “Entre malvados”, de Miguel Ángel Muñoz (Páginas de Espuma); 14.- “La condición animal”, de Valeria Correa Fiz (Páginas de Espuma); 15.- “Maldita literatura”, de Lur Sotuela (Eneida); 16.- “Soledades”, de Sonia Gómez-Saiz (Ecogaia Creative); 17.- “Todas las derrotas”, de Ignacio Galaz Ballesteros (Autoedición); 18.- “Los cafés de la orquesta”, de Enrique García Revilla (Junta de Castilla y León); 19.-“Sobre la imposibilidad de publicar”, de Antonio Fernández York (Ediciones del Viento); 20.- “Las babas de don Gabriel”, de Mariluz Chacón (El Ojo de Poe); 21.- “El bombardero azul”, de Julio Jurado (Adeshoras); 22.- “Sopa de Fauno”, de Diego Prado (Adeshoras); 23.-“Los números imaginarios”, de Lola Morales (Adeshoras); 24.- “Ultramar”, de Rubén Santiago (Malbec); 25.- “¡Maldita sea!”, de Manuel Castillo Molina (Autoedición); 26.- “Palabra de general”, de Antonio Iglesias Martín (Círculo Rojo); 27.- “Literatura zurda”, de Antonio Guerrero Ruiz (Instituto de Estudios Almerienses); 28.- “Fotos de ciudades que amanecen”, de Jorge Díaz Leza (Cuadernos del Laberinto); 29.- “La mirada del orangután”, de Chelo Sierra (Diputación de Cáceres); 30.- “Africanos en Madrid”, de Nicolás Melini (Reino de Cordelia); 31.- “Pesadillas”, de Jose Manuel Muriel (Atlantis); 32.- “El aprendiz y la lluvia”, de David Castro Barbeito (Atlantis); 33.- “El expediente Altamirano”, de Víctor Celemín Santos (Atlantis); 34.- “Fundido a negro”, de Jesús de la Palma (Atlantis); 35.- “Relatos descatalogados”, de Adela Rubio Calatayud (Atlantis); 36.- “Saber moverse”, de Jorge David Alonso (Atlantis); 37.- “Historias que caen del firmamento”, de Alberto Espinazo (Atlantis); 38.- “Tiempos tormentosos”, de Paco Soto (Atlantis); 39.- “El verano ya no está aquí”, de Cristina Gálvez (Nazarí); 40.-“Segundas oportunidades”, de Guillermo Gómez Muñoz (Nazarí); 41.- “Imposibles impensables”, de Santi Pérez Isasi (Nazarí); 42.- “Voces de madrugada”, de Jone Miren Asteinza (Nazarí); 43.-“ Teatro de sombras”, de Fermín López Costero (Nazarí); 44.- “El ruido que haces al vivir”, de Mar Navarro G. (Nazarí); 45.- “Parapocos y perplejos”, de Manuel Montalvo (Nazarí); 46.- “Aniversario”, de Agustín Lozano de la Cruz (Lupercalia); 47.- “Ya no estaremos aquí”, de Matías Candeira (Salto de Página); 48.- “Todo lo que ya no íbamos a necesitar”, de Maite Núñez (Base); 49.- “Relatos sobre las demás cosas”, de Rodrigo Martín Noriega (Azul); 50.- “5 Capitales”, de Luis Bagué Quílez (Algaida); 51.- “Azul nocturno”, de Rubén Martín Díaz (La Isla de Siltolá); 52.- “Relatos de las dos orillas”, de Alfonso Pardo (La Fragua del Trovador); 53.- “Lánguidos sueños”, de Carlos Manzano (La Fragua del Trovador); 54.- “La vida es lo que llueve”, de Pilar Galán (de la Luna Libros); 55.- “Perder el tiempo”, de Juan Ramón Santos (de la Luna Libros); 56.- “Vienen a por ti”, de Marta Junquera (Cazador de Ratas); 57.- “Desde mi ventana”, de Juan Enrique Ossorio Rajo (CLV Libros); 58.- “Rollos y picotas de Extremadura”, de Marino González Montero (de la Luna Libros); 59.- “El mosquito de Nueva York”, de Daniel Díez Carpintero (Sloper); 60.- “El llanto del trigo”, de Luis Miguel de Dios (Agilice Digital); 61.- “Están tocando nuestra canción”, de Carlos del Pozo (Ayuntamiento de Montijo); 62.- “La acústica de los Iglús”, de Almudena Sánchez (Caballo de Troya); 63.- “Masculino singular”, de Lola Clavero (Alhulia); 64.- “Entre andenes”, de Inma Martí (Líneas Difusas); 65.- “Todos los hombres que nunca seré”, de Santiago Velásquez (Playa de Ákaba); 66.- “Catorce lunas llenas”, de Manuel Cortés Blanco (Ayuntamiento de Miguelturra); 67.- “Querido miedo”, de Jesús Zomeño (Sloper); 68.- “Viajeros infrecuentes”, de Toni Brito (Autoedición); 69.- “La ruleta fría”, de Mario Gallego Sáez (Páramo); 70.- “Tipos duros”, de Andrés Ortiz Tafur (La Isla de Siltolá); 71.- “Lo que nos detiene”, de Blanca Bettschen (Baile del Sol); 72.- “Peces de charco”, de Ana Esteban (Baile del Sol); 73.- “Puro cuento”, de Yolanda Delgado Batista (Baile del Sol); 74.- “99 x 99”, de Miguel Ángel Molina López (Baile del Sol); 75.- “Koundara”, de David Pérez Vega (Baile del Sol); 76.- “Esferas”, de Abraham Pérez (Oblicuas); 77.- “El libro de las historias subterráneas”, de Pedro de Andrés (maLuma); 79.- “Maestros de la luz y las tinieblas”, de Luis del Romero Sánchez Cutillas (Atlantis); 80.- “Lo grotesco”, de Santiago Eximeno (Enkuadres); 81.- “Luna de perigeo”, de Elena casero Viana (Enkuadres); 82.- “Vosotros, los muertos”, de Ginés Sánchez Cutillas (Cuadernos del Vigía); 83.- “El laberinto de los mortales”, de Soledad Fresno (Círculo Rojo); 84.- “Stonher”, de Luis María Alfaro (Tabula Rasa); 85.- “Alguien debería escribir un libro sobre Alejandro Sawa”, de Pepe Cervera (Menoscuarto); 86.- “La lengua de los ahogados”, de Fernando Clemot (Menoscuarto); 87.- “El señor Bambú. Historias de café”, de Margarita Wanceulen (M.A.R); 88.- “Ciudadano o soldado”, de Mireia Giménez Higón (Ojos Verdes); 89.- “Sala de terapia”, de Blanca Libia Herrera Chaves (Saco de Huesos); 90.- “La margen incierta”, de Fernando Lafuente Clavero (Saco de Huesos); 91.- “Quién tiene miedo a morir”, de Pedro Moscatel (Saco de Huesos); 92.- “Nivahnvyr arcanos y leyendas”, de Pedro J. Garay Aguado (Tusitala); 93.- “Violeta sabe a café”, de Manuel Pozo Gómez (Premium); 94.- “Septiembre negro”, de Carlos Fidalgo (Castalia); 95.- “Cuentos en la mansión de los buenos humos”, de Luis Miguel Muñoz (Punto Didot); 96.- “Piel de asfalto”, de Francisco Molina López (Marcando la Meta); 97.- “Big Bang 13”, de Angelique Pfitzner (Serial); 98.- “El baile de los negros”, de Xavier Borrel Campos (Serial); 99.- “Historias casi reales y cartas imposibles”, de Concha Castro (Círculo Rojo); 100.- ”Todos estaban vivos”, de Javier Bozalongo (Esdrújula); 101.- “Lo que significa tu nombre”, de Víctor Miguel Gallardo (Esdrújula); 102.- “23 relatos y un viaje”, de Virginia Oñoro Fernández (Círculo Rojo); 103.- “O”, de Alejandro Pedregosa (Cuadernos del Vigía); 104.- “Producto interior muy bruto”, de David Vivancos Allepuz (Enkuadres); 105.- “Desvaríos de Apolo”, de Daniel Bolaños Pinto (Apuleyo); 106.- “Equipajes sin nombre”, de Carmen Martagón Enrique (Apuleyo); 107.- “Un zapato vacío”, de Ana Abella (Punto Rojo); 108.- “Barrer la carretera”, de Enrique Galindo (Celya); 109.- “La niña furiosa y los cuentos que nunca te dije”, de Oché Cortés (Raspabook); 110.- “Donde todos”, de Luis Miguel Morales (Playa de Ákaba); 111.- “Venga a vosotros mi reino”, de Enrique Anaya (Tusitala); 112.- “Fanatismo y otros cuentos”, de Luis Pérez Garrido (Círculo Rojo); 113.- “Lo normal”, de Rafael Camarasa (Contrabando); 114.- “Hasta la última suela”, de Gabriel Rodríguez García (Desnivel); 115.- “Caleidoscopios”, de Irene Reyes Noguerol (En Huida); 116.- “Pasos en falso”, de Javier Tortosa (Boria); 117.- “Aprenderé a rezar para lograrlo”, de Víctor Balcells Mata (Delirio).        

miércoles, 12 de julio de 2017

The Dixie Cups



Originario de Nueva Orleans, este trío de hermanas y primas hizo carrera cuando se trasladó a Nueva York en 1963, con 20 años recién cumplidos. Un año después y tras cambiar de nombre se presentaron con este “Chapel of Love”, canción con la que fueron disco de oro (más de un millón de copias vendidas) y colocada por la revista Rolling Stones en el puesto 279 de las mejores 500 canciones de todos los tiempos. Para gustos, los colores. Lo que sí es incontestable es el hecho de que detrás de muchas de estas canciones de los primeros 60 estaba la varita de Phil Spector. Por un requiebro del destino esta canción iba a ser lanzada por The Ronettes, donde cantaba la que sería su futura mujer, Ronnie. Intensa vida la que este compositor y productor, que empezó con 16 años tocando con los Teddy Bears, escribió con 19 años “Spanish Harlem” y con 21 ya había ganado su primer millón de dólares. Colaboró con los más grandes de la época: The Crystals, The Ronettes, Tina Turner, Ben E. King, The Beatles, Connie Francis, The Righteous Brothers, Leonard Cohen, Cher, Harry Nilson y muchos, muchísimos más, hasta con Ramones. Acabó en la cárcel acusado de asesinato… Pero esa es otra historia. Quedémonos hoy con The Dixie Cups y su “Chapel of Love”.

lunes, 5 de junio de 2017

La isla del Fin de la Tierra


         La isla del fin de la tierra es una roca inhóspita perdida en mitad del océano, que sólo alcanzo a ver desde mi casa los días fríos de poniente. Sé que se avergüenza de su faz escamosa y poco atractiva y por eso se esconde entre la bruma los días de mar en calma y se camufla en un abrupto paisaje de olas los días de temporal. La isla del fin de la tierra sabe que es como el pus reseco que emana de un volcán reventado, o el aliviadero por donde la tierra expele los males de su fiebre. Tiene forma de M gótica, como una tijera que corta el sol por la mitad, justo cuando se pone durante la primera semana de septiembre. Otras veces parece una boca de atún, que emerge a la superficie, se come una mitad del sol, y deja la otra mitad para el postre (envuelta en plata), para que ilumine la noche a medio gas.
Es entonces cuando veo a la isla del fin de la tierra como una hucha que se traga al sol convertido en un doblón de oro, para enterrar el tesoro de un verano que toca a su fin. Y antes de que las nubes oculten su silueta hasta la primavera siguiente, me lanzo al mar desde la terraza de mi habitación respondiendo a la llamada de un botín legendario. Surco a nado, vadeando mareas y calamidades poseidónicas, la distancia que me separa de la isla, con esa ilusión imberbe de un Jim Hawking que abandona la posada del almirante Bembow por primera vez. Y llego al fin a las costas de la isla, con las fuerzas justas para tirarme en la arena y encajar en la rima asonante de mi viaje homérico.
            Pero una vez recuperado el sentido comprendo el significado de esa máxima que aconseja la inviolabilidad de los sueños. He recorrido el perímetro de la isla y he explorado su geografía abrupta y malsana, con esa decrepitud del que tiene la derrota moldeada en su rostro. Y es que ya sabía que la isla del fin de la tierra tenía en la aridez su razón de ser. Lo que me descorazonaba era la proporción oceánica de su fealdad y la constatación de no haber hallado un lenitivo que equilibrara su fachada.
            Ahora sé que la isla del fin de la tierra es un enorme queso Grouyere traspasado por una red de pasadizos que ha horadado el mismo diablo porque de sus infinitos respiraderos sólo emana el humor sulfuroso del averno. No he encontrado la entrada a la cueva de Alí Babá, ni las huellas de sus cuarenta ladrones. Tampoco el humo perenne que exuda la tierra era el anuncio de ningún genio huido de su lámpara. Ni tan siquiera he sentido el pálpito que yo mismo notaba desde mi casa con el ocaso de cada tarde, como un John Silver sediento de codicia, que ha enfilado La Hispaniola con un golpe de timón hacia la isla del tesoro.
            Sólo ahora sé que la isla del fin de la tierra es como un enorme barco fantasma que navega a la deriva al socaire de los vientos y las corrientes, mientras emite sus cantos de sirena para atrapar desde la lejanía a los incautos que buscan su momento de gloria en el Libro de los Héroes.
Un barco fantasma que se aleja de la costa cada vez más. Y sigue navegando, y sigue, y sigue…


viernes, 14 de abril de 2017

El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde


Como les sucede a muchas de las novelas clásicas del siglo XIX, “El extraño caso del Dr. Jeckill y Mr. Hyde” tiene su interés no sólo por lo impactante de la historia, para lo que supuso en la época, sino porque en el fondo indaga en la fascinación que provoca el mal en el ser humano. Dotada de un estilo detectivesco, cargada de misterio y atravesada de un ambiente casi gótico en las escenas culminantes, (propia de un romanticismo más bien primigenio que tardío), la novela trata de plantear el peligro de no poner límites a los avances científicos, en un mundo sumido en plena carrera hacia el conocimiento absoluto a través de la ciencia. Nada, por tanto, que no conozcamos, pues también en el siglo XXI cualquier descubrimiento en el mundo de la medicina o la ciencia lleva aparejado un debate moral que trata de poner un límite sobre lo que es aceptable o no. Pero uno no puede evitar una sonrisa escéptica sobre lo campanudos que algunos se muestran defendiendo unas posturas y otras, cuando lo cierto es que cada vez el límite de la permisividad se va colocando más lejos del hombre, hasta acercarnos a un sucedáneo de Dios de aquí a no muchos años. Pero, en fin, no nos desviemos por los cerros de Úbeda.

Formalmente, Robert L. Stevenson se sirve de tres formas narrativas para contar la historia. La voz omnisciente en tercera persona, que emplea en un 80% de la novela le sirve para narrar los misteriosos sucesos que acontecen en torno al Dr. Jeckill, su extraño comportamiento y la irrupción de un personaje, Mr. Hyde, que va a desconcertar a los amigos del doctor. Entre ellos está el abogado Utterson, a quien recurre el Dr. Jeckill para que haga cumplir su testamento, en el caso de que desaparezca, y en el que ordena pasar todas sus posesiones al señor Hyde. Es en esta parte de la novela en la que se desarrolla toda la trama detectivesca encaminada a descubrir la identidad de Mr. Hyde (que nadie conoce), la posible relación de este personaje con un horrible crimen y desentrañar al mismo tiempo los motivos que le han llevado a actuar así. Hacia el final de la novela Stevenson emplea el testimonio de dos personajes, por tanto escritos en primera persona. Uno de ellos, que actúa como testigo del desenlace de la novela. Y el otro testimonio es el escrito por el propio Dr. Jeckill, en el que lo confiesa todo y trata de justificar moralmente su comportamiento. De esta manera Stevenson eleva la historia con un impactante desenlace, y al mismo tiempo deja en el lector un poso de inquietud: el suspense de una novela detectivesca ha dado paso a un debate moral, que bulle en el lector después de terminada su lectura.

“El extraño caso del Dr. Jeckill y Mr. Hyde” es una historia que hay que procurar leer con ojos del siglo XIX. Porque debo confesar que no me ha resultado verosímil hasta el último capítulo. Me ha desconcertado el hecho de que ninguno de los personajes de la novela reconociera al Dr. Jeckill y a Mr. Hyde como la misma persona. Eso quizá es debido a que hemos aceptado las teorías del psicoanálisis, las hemos interiorizado, en el sentido de que una persona con doble personalidad no es capaz de reconocer los actos y el comportamiento de su otro yo.
En el caso de esta novela no ocurre así. Es decir, el Dr. Jeckill sabe quién es Mr. Hyde, por qué actúa de esa manera y lo que debe hacer para transformarse en él. En todo momento es consciente de esa transformación y de sus consecuencias. No debe extrañarnos, pues la novela fue escrita en 1887 y las teorías de Freud datan de varias décadas después. Existe por tanto una clara diferencia entre la tesis que pone sobre la mesa Robert L. Stevenson y la que desarrolla el doctor Sigmund Freud.

Pero yendo incluso más allá, lo que en realidad plantea Stevenson es la evidencia de que el mal existe. Hasta el siglo XIX el pensamiento dominante en el mundo occidental era ese, que la maldad es algo que existe, algo con lo que hay que convivir. Que incluso llega a fascinar por lo que supone de trasgresión, por la atracción de lo prohibido, porque llega a asociarse a la satisfacción de los instintos más primarios por encima de todo convencionalismo social que tendería a impedirlo… El mal, como fuente de inspiración de grandes novelas de la antigüedad. ¿Qué sería de la obra de Dante, o Goethe si el mal no existiera? ¿O qué decir de las “Narraciones extraordinarias” de Edgar A. Poe, o el “Frankenstein”, de Mary Shelley? ¿Y qué diríamos de los caminos que abrió Lovecraft en la literatura de terror a principios del siglo XX? En cambio, hoy día no está tan claro que la maldad sea algo comúnmente aceptado. Pues a medida que la ciencia avanza en el siglo XX en el conocimiento del cerebro humano y se determina la existencia de enfermedades mentales, se ha tendido a justificar cualquier comportamiento antisocial como un desajuste que puede ser tratado mediante terapia. Hoy día, un asesino no es una persona movida por la maldad, sino un enfermo, o incluso una persona normal, al que las circunstancias le han llevado a cometer el crimen. Es decir, hoy día es mucho más difícil sostener en el mundo científico que el mal existe. Cualquier científico que lo haga se arriesga a que no lo tomen en serio, se arriesga a perder su prestigio y a quedar arrumbado en el sótano de los carcas. Es algo que ha calado en la sociedad.

Por eso hay que desprenderse de los prejuicios (sí, prejuicios he dicho) que dominan estos tiempos y leer esta novela con ojos del siglo XIX, con los ojos con que la concibió Stevenson. Entonces la entenderemos mejor y podremos decir: “Sí, es un novelón”.

sábado, 18 de marzo de 2017

Conny Fobroess



Conny Fobroess nació en 1943. Su familia vivía en Berlín pero se trasladó a Brandemburgo para huir de los bombardeos durante la 2ª guerra mundial. Su padre era compositor y eso encaminó su vida hacia la música desde pequeña. Ya a los 7 años consiguió su primer éxito y a los 19 participó en el festival de eurovisión, donde logró el 6º puesto, con “Zwei kleine Italiener”. Su carrera se consolidó en 1963 con este divertido y colorido twist, “Lady Sunshine and Mr. Moon”. Pero a partir de aquí empezó a interesarse por la interpretación. De hecho, durante unos años compaginó ambas facetas hasta que en 1967 se casó con Hellmut Matiasek, un director teatral austríaco, que facilitó su dedicación exclusiva a su carrera de actriz. Una faceta en la que destacó y le ha permitido ganar varios premios de interpretación prestigiosos como el Ernest Lubitsch y el Golden Camera. Para el recuerdo quedarán momentos como este.