domingo, 23 de junio de 2013

Vuelo a casa



            Colección de cuentos que publica Alfaguara de este autor americano cuya obra más conocida es “El hombre invisible”. Nacido en Oklahoma en 1914, este autor de raza negra ha hecho de la denuncia de la desigualdad racial el objeto de su obra.
“Vuelo a casa” es una colección de relatos que ha sido concebida por el editor John F. Callahan a la muerte de Ralph Ellison en el año 1994, a partir de cuentos que fueron publicados en su época a principios de los años 40, a los que ha añadido varios cuentos inéditos. El propósito de Callahan es ordenar las historias de tal manera que el conjunto espacio-temporal narrativo transcurra de forma paralela, o al menos lo más parecido posible, a la vida de Ellison. Así, los primeros cuentos tienen a niños como protagonistas en una comarca indeterminada, que podemos identificar con el sur de los Estados Unidos, la tierra de origen de Ellison. A medida que se suceden las historias, sus protagonistas pasan a ser adultos que se han instalado en las grandes ciudades industriales del norte, como Chicago.
Aunque la tentación es grande, dado el trasfondo de su obra, el autor no hace un discurso de denuncia o político como tal. Simplemente se sirve de la narración pura y dura para escenificar algunos pasajes de la vida diaria de estos personajes, enclavados en una tierra y una época de prejuicios que han moldeado durante generaciones los caracteres y los códigos de conducta. Un método mucho más efectivo e ilustrativo para mostrar la realidad con todos sus matices.
Es por ello que pese a que el estilo es muy limpio, sencillo, de frases cortas y plagado de diálogos, la lectura deja un poso de amargura ante el panorama desolador de graves injusticias y desigualdades raciales amparadas por la sociedad.
“Vuelo a casa” arranca con dos cuentos que me parecen los mejores de la colección, pese a su dureza. En el primero de ellos, “Una fiesta abajo en la plaza”, describe el asesinato de un negro al que la comunidad de blancos ha acorralado, desnudado y quemado vivo. La historia la cuenta en primera persona uno de los participantes del linchamiento, un niño, que ante el horror al que asiste, intenta huir del lugar sin éxito. Llama la atención que uno de los personajes más activos sea candidato a sheriff del condado. Una forma de denunciar que el racismo no sólo está en los hombres sino también en la ley. Este es el único relato en que se muestra la violencia de una manera tan explícita. Los demás son mucho más sutiles en su tratamiento.
En el segundo de ellos, el mejor según mi criterio, “Un chico en tren”, cuenta la historia de una madre muy humilde que viaja en tren con sus dos hijos pequeños para iniciar una nueva vida tras la muerte de su marido. No dice cómo murió ni en qué circunstancias, pero desliza que el niño menor, siendo negro es de piel más clara que su hermano, lo que apunta a un drama familiar en el que tal vez se viera involucrado el capataz. Las lágrimas de la madre mientras mira el paisaje que deja atrás así lo sugiere. Y los niños juegan y ríen, ajenos a todo.
En el relato, “Si yo tuviera alas”, como nota curiosa destacaré esta frase que Ralph Ellison pone en boca de uno de los personajes: “¿Qué crees que le pasaría a tu pobre madre si los blancos se enteraran de que tiene un hijo negro que es tan insensato que habla de ser presidente?” El cuento fue escrito en 1943. 65 años después no sé qué pensó la madre de Barack Obama. Seguramente, que los tiempos han cambiado.
En otro de los cuentos, “El vigilante de Hymie”, la miseria iguala a varios indigentes, un blanco y varios negros que viajan como polizones en un tren de mercancías. Pero cuando el blanco asesina a uno de los vigilantes del tren, las autoridades se dedican a buscar al culpable únicamente entre los viajeros negros. Esa igualdad aparente sugerida al inicio del cuento salta por los aires cuando se ha de aplicar la justicia.
Conforme va situando a los protagonistas, ya adultos, en las grandes ciudades éstos toman conciencia de su situación como personas de segunda. Y no ahorra tampoco una autocrítica. Así, en el relato “Difícil mantenerse a su altura”, uno de los negros protagonistas viene a quejarse de que los negros “somos como lobos solitarios, cada uno tratando de actuar por su cuenta”. 
Y en ese tono se van sucediendo los cuentos. Ralph Ellison expone las situaciones con mucha crudeza y las resuelve con muy pocas concesiones a la esperanza, lo que lleva a una lectura angustiosa y desagradable por la realidad que describe.
Pero es un punto de vista que la literatura no ha tratado con la justicia que merece. Al menos, es la impresión que tengo. Cuando uno lee y habla sobre literatura sureña, enseguida se le vienen a la mente los grandes autores que diseccionan la América profunda: William Faulkner, Flannery O’Connor, Katherine Anne Porter, Tennesee Williams,…. Todos pusieron el foco en la sociedad sureña americana, lastrada soterradamente por unos complejos de culpa que quizá podrían tener su origen en las grandes cuestiones que llevaron a la Guerra de Secesión y a una posterior derrota que algunos, incluso, interiorizaron con orgullo. A grandes rasgos esos autores hablaban de personajes frustrados, con grandes contradicciones, inmersos en una sociedad en decadencia, que en muchos casos sabían injusta. Una sociedad en la que más de la mitad de la población es de raza negra.
Y sin embargo, ninguno de ellos escribió sobre el racismo desde esa perspectiva, desde ese lado de quien sufre la injusticia. ¿Acaso es que es necesario ser negro para escribir sobre la desigualdad racial?


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