jueves, 3 de mayo de 2012

Arquímedes y su verdadero punto de apoyo


- El sol viene de allí, ¿es que no lo ves?. ¡Apunta bien!.- Ordenó el anciano.

El soldado subió entonces al promontorio desde el que se divisaba todo el golfo de Mesina. El día era tan claro que más al fondo podía adivinarse incluso la región del Tirreno. Pero aquel no era el momento de contemplar la inmensidad de aquel mar que unía y separaba a la vez tantos pueblos asentados a sus orillas desde el origen de los tiempos. Si no se daba prisa, el viento que sentía en su cara desde el este, acabaría lanzando las naves enemigas a la fortificación antes de mediodía.
A pesar de su empeño, el soldado no dio con el modo de orientar ese extraño ingenio, y tras varios segundos tuvo que desistir.

- Baja de ahí, anda.- Se desesperó el anciano.- … Al final tengo yo que hacerlo todo.

Y subió con una agilidad impropia de sus 73 años. No le costó trabajo al anciano, que había diseñado y construido el juego de espejos, orientar la luz del sol hacia el velamen de las naves romanas. El bruñido de la superficie cóncava de los espejos les cegaría y además potenciaría el calor en la cubierta hasta hacerlo insoportable.

Cuenta la historia que el experimento funcionó y las naves romanas cayeron derrotadas ardiendo como antorchas. Así que los romanos tuvieron que redoblar el asedio, que continuó otros dos años más, (hasta el 212 A.C.) para que ese pueblo indomable, descendiente de los griegos asentados en Sicilia y ahora aliados de Cartago, hincaran la rodilla decantando irremisiblemente la balanza de la segunda guerra púnica.


No sabemos lo que el destino habría deparado a ese anciano al que llamaban Arquímedes, de haber sido Cartago la civilización victoriosa en aquella contienda. Probablemente a estas alturas del siglo XXI aún sería reconocido como uno de los tres grandes personajes de todos los tiempos, pero eso nunca lo sabremos. Lo que sí conocemos hoy es que todos sus trabajos y descubrimientos en el campo de las matemáticas y la física buscaban una aplicación práctica para la vida cotidiana, algo muy poco común en aquella época. Estableció el principio de flotación y dio un valor exacto al número Pi. Y sobre todo, demostró que no era necesaria la fuerza bruta de cien elefantes para levantar en vilo grandes pesos.

- No es posible eso que pretendes. Necesitaríamos la manada entera de Aníbal.- Se burlaron de Arquímedes los más escépticos.

- No seáis necios. Tú dame un punto de apoyo, y yo moveré el mundo.- Y con esa frase se le recuerda aún.

Pero no era el mundo lo que él quería levantar, sino gigantescos barcos aplicando su teoría de las palancas. Sus coetáneos no podían creer que ello fuese posible sólo con una viga de madera, unas cuerdas y apenas un puñado de hombres.
Pero lo vieron hacer y lo creyeron.
Sin embargo, para ser justos con el reconocimiento general del que hoy goza Arquímedes, deberíamos hacerlo extensivo también a Regiomontano, un astrónomo alemán del siglo XV. Cuando el imperio otomano derrotó a Bizancio y tomó Constantinopla en 1453, varios sabios griegos huyeron a occidente llevándose consigo las únicas copias de algunos tesoros de la ciencia antigua, incluidos los trabajos de Arquímedes.

Tras un periplo azaroso de varios años, llegaron al fin a manos de Regiomontano, que supo ver la trascendencia de los legajos e inició una ardua tarea de traducción y conservación. Unos documentos que sirvieron de base a Copérnico y Galileo para sus descubrimientos posteriores. Por eso creo que a Regiomontano habría que agradecerle lo que hoy sabemos sobre este anciano de Siracusa, que al parecer, cuando descubrió el principio de la flotación, dicen que exclamó eufórico por la calle: ¡Eureka, eureka!... Pero si nos paramos un momento a analizar la historia, con todos sus azares y sus artificios, ¿no tenemos derecho a pensar que ésta pudo haber sido una licencia literaria de Regiomontano, ese astrónomo alemán que rescató del olvido a Arquímedes?

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