lunes, 21 de octubre de 2013

La emperatriz Eugenia en Zululandia


            Hace unos años cayó en mis manos esta novela que fue premio Azorín del año 1993. El hecho de que estuviera avalada por un premio de tanta relevancia no fue para mí un reclamo tan grande como saber que el autor de la novela era Vicente Muñoz Puelles, un escritor que nunca me ha defraudado. No goza del bombo mediático que disfrutan otros y es una pena: yo sí lo tengo entre mis escritores favoritos en la actualidad. Autor todo terreno, Muñoz Puelles ha tocado casi todos los géneros: desde la literatura infantil y juvenil (auténtico best-seller en este campo), hasta la novela erótica, pasando por la novela de intriga e incluso la novela histórica.

            “La emperatriz Eugenia en Zululandia” se podría inscribir dentro de este último género… aunque no sólo, y diré por qué. Cuenta la historia del príncipe Eugenio Luis Napoleón, hijo del emperador de Francia Napoleón III y de Eugenia de Montijo. Una vez muerto el emperador, y con la esposa y el hijo en el exilio de Inglaterra, a la espera de que regresen los tiempos de los grandes imperios, Eugenio Luis Napoleón siente que debe justificarse ante la historia. Sabe que tiene un apellido muy pesado a sus espaldas (ya que es el hijo del sobrino de Napoleón) y decide emprender un viaje al sur de África, a luchar en la tierra de los grandes guerreros Zulúes, en contra de los intereses de Francia, que está regida en aquel entonces por una república. Es la época en que las grandes potencias europeas se disputan los territorios de África para ensanchar sus dominios. Pero el príncipe Eugenio Luis Napoleón, que se toma la vida con la ligereza del inconsciente, se lanza a esta aventura con una mirada bisoña, propia de un romanticismo tardío y decadente, lo que le llevará a un final trágico. Se produce un choque entre el sueño y la realidad, entre la juventud y la madurez, entre los deseos y la historia. Una batalla desigual e implacable.

            Y ese es el toque que Vicente Muñoz Puelles sabe explotar en esta novela. Basándose en este episodio real (la muerte del hijo de Eugenia de Montijo en una escaramuza con los zulúes) transforma el relato de los hechos en una evocación de toda una época, plagada de sueños, de glorias pasadas, de desafíos ante un futuro incierto. Su prosa, dotada de una sugerencia lírica muy propia de los gustos estéticos de finales del siglo XIX encaja muy bien con ese mensaje que se desprende de la lectura de esta novela: el mensaje de que estamos ante el final de una época, de un siglo, de una forma de ser… El romanticismo ya quedó atrás, y los grandes imperios tienen los días contados. Pero es que además, Vicente Muñoz Puelles tiene especial cuidado en escoger esos detalles, esos momentos de tensión dramática para embellecer la narración, como cuando el príncipe, durante su viaje a Zululandia, se desvía para visitar la isla de Santa Elena, donde estuvo recluido su antepasado Napoleón; o cuando desliza una posible pulsión homosexual del protagonista, nunca declarada, pero sí sugerida, con una elegancia que se echa de menos en la literatura actual; o como cuando Eugenia de Montijo viaja a la tierra Zulú en el aniversario de la muerte de su hijo para ver el lugar donde cayó, una escena simbólica y llena de lirismo... Por eso digo que “La emperatriz Eugenia en Zululandia” es algo más que una novela histórica.

           Vicente Muñoz Puelles siguió explotando esa veta en novelas posteriores, como en “El cráneo de Goya”, novela en la que introduce la investigación policial en un contexto histórico muy sugerente, referido además a un hecho real curioso: la desaparición de la calavera de Goya cuando fueron a trasladar los restos del pintor, enterrado en Burdeos. En otra novela, “Los amantes de la niebla”, nos traslada a finales del siglo XIX para contar una historia de amor entre Dante Gabriel Rossetti y la modelo que dio vida al cuadro más famoso del pintor prerrafaelista. Y lo resuelve con una elegancia acorde con el rigor estético que exige una historia como la que plantea Muñoz Puelles. Aquí, el amor, la muerte y el arte son los tres ejes que vertebran la historia.
            Pero donde sin duda condensa todo su potencial para dar ese toque evocador del que hablo es en la colección de biografías “El último deseo del jíbaro y otras fantasmagorías”, una espléndida muestra de estilo y curiosidad por el conocimiento. Y lo consigue con una sencillez abrumadora, sin alardes, invitando al lector a acunar con una mirada tierna a los personajes que transitan por esas páginas, auténticos parias del mundo.  

Y precisamente, como si se tratase de una de esas pequeñas biografías cierra Vicente Muñoz Puelles la novela “La emperatriz Eugenia en Zululandia”. A modo de epílogo, cuenta en unas pocas páginas la historia de Cetawayo, el último rey de los zulúes, el gran guerrero que derrotó a Eugenio Luis Napoleón, y juega además con la posibilidad de se trate del famoso hombre negro disecado del museo de Bañolas, que tanta polvareda levantó en su día.

            Háganme caso: no dejen de visitar a Vicente Muñoz Puelles en cualquiera de estos libros. No pueden permitirse el lujo de perdérselo.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Finalistas del X Premio Setenil 2013

Ya han sacudido el árbol del que colgaban los 62 libros que se presentaron al premio Setenil de este año. Y el jurado presidido por Juan Manuel de Prada ha recogido estos 10 títulos:

1.- “La tristeza de las tiendas de pelucas”, de Patxi Irurzun (Pamiela); 2.- “Aquí yacen dragones”, de Fernando León de Aranoa (Seix Barral); 3.- “Lazos de sangre”, de Lola López Mondéjar (Páginas de Espuma); 4.- “Interior azul”, de Anna R. Ximenos (Fondo de Cultura Económica); 5.- “Las batallas silenciosas”, de Juana Cortés Amunárriz (Baile del Sol); 6.- “Vae victis”, de Luis del Romero Sánchez-Cutillas (Tantin); 7.- “Vigilias efímeras”, de Sergio Coello (Atlantis); 8.- “La piel de los extraños”, de Ignacio Ferrando (Menoscuarto); 9.- “La soledad de los gregarios”, de Miguel Sánchez Robles (Diputación de Cáceres); 10.- “Polvo en los labios”, de Montero Glez (Lengua de Trapo)

Podría jugar a adivino, dejarme llevar por la intuición y apostar por tal (Juana Cortés), cual (Ignacio Ferrando) o pascual (Miguel Sánchez Robles)… Pero ¿para qué? No me he leído ninguno de los finalistas, tampoco tengo amigos o enemigos entre ellos, no soy nadie para dar una opinión con criterio y para colmo se me dan muy mal las quinielas, ya que sólo acierto cuando no cobran los de 11… Así que no merece la pena.

A finales de octubre se sabrá quién de estos finalistas se lleva los 10.000 euros del premio.

Suerte a todos. Ya sólo queda el último sprint…

lunes, 2 de septiembre de 2013

El extremo de las cosas



           “El extremo de las cosas” es la quinta y última entrega de una serie de cinco novelas policíacas que ha ido publicando Siruela en los últimos años. Son historias protagonizadas por Efisio Marini, un médico y embalsamador italiano que vivió en la segunda mitad del siglo XIX. Este doctor elaboró un método personal de momificación que permitió dar una elasticidad y color naturales a los cadáveres. Pero debido a esas prácticas, no gozaba de buena fama entre el pueblo llano. Rescatar a este personaje real le ha servido a Giorgio Todde para exponer las contradicciones de una sociedad anclada en las viejas tradiciones, que acoge con recelo los avances en medicina y los nuevos métodos de investigación criminal conseguidos con el análisis de los cadáveres.
La historia arranca con un encargo que le hacen a Efisio Marini para embalsamar el cadáver de la hija de una rica familia de Sicilia, una costumbre generalizada entre las familias pudientes de la época. En esas primeras páginas se nos muestra al doctor como un personaje atormentado por las culpas, de carácter algo arisco y escéptico, propenso a la melancolía y dotado de un humor negro que saca a pasear en los momentos más dramáticos. Es un personaje con el que el lector tiene difícil conectar, porque así suelen ser los personajes que se saben adelantados a su tiempo: unos inadaptados, incómodos para el entorno, y que no dudan en hacer valer su superioridad a la mínima ocasión.
A lo largo de las cinco novelas, Efisio Marini sufre una evolución en su estado anímico como consecuencia de los palos que la vida le ha ido arreando. Pero Giorgio Todde no hace sangre de estos detalles ni los emplea como excusa para que el lector sienta compasión del protagonista. Es simple información que el autor dosifica en pequeños destellos para aliviar la tensión que va acumulándose con el desarrollo de las tramas.
Porque si por algo destacan las novelas de Giorgio Todde, y en especial “El extremo de las cosas”, (sobre todo por un hecho crucial que no voy a desvelar) es por la cantidad de personajes y acontecimientos, y el ritmo trepidante con que van sucediéndose. Esta novela de apenas 170 páginas se desarrolla en lugares tan dispares como Sicilia, Austria o París; y describe un crimen o intento de asesinato cada 25 páginas… Y todo ello sin tener el menor indicio de prueba, salvo unas cartas manuscritas y unos pinchazos diminutos que detecta el doctor Marini al realizar las autopsias a los cadáveres. Para que todo esto pueda tener cabida en una historia con tan pocas páginas, Giorgio Todde utiliza un estilo muy directo, de frases cortas y plagado de diálogos y elipsis.
Son tantas las novelas de género negro que se escriben hoy día que uno, como lector, tiende a buscar y valorar aquello que la hace diferente respecto de esa gran mayoría de historias que se ajustan al canon de la novela negra: es decir,  tramas sórdidas que destapan la corrupción del hombre o de la sociedad y detectives desencantados, mostrados como antihéroes. Eso ya está muy visto y leído. Lo que no lo es tanto, es el desarrollo de una trama delirante, que por momentos roza la parodia y el empleo de un detective basado en un personaje real.
Eso hace de esta serie de novelas una lectura recomendable, al menos como curiosidad. Haberlas ambientado también en la Italia profunda del XIX le da un cierto aire exótico, y a la vez nos ilustra sobre los usos y costumbres de esa sociedad en general supersticiosa que daba más valor a los remedios tradicionales que a los descubrimientos farmacéuticos de la época. Algo por lo que el doctor Marini hubo de sufrir no sólo el destierro de su Cagliari natal, sino la incomprensión del mundo académico: no fue aceptado ni por unos, ni por otros.

Como nota informativa diré que existió en España otro doctor, coetáneo de Efisio Marini, que también realizaba momificaciones de seres humanos: el doctor Velasco, un reputado médico y antropólogo que además fundó el Museo Nacional de Antropología. Sobre él, (aparte de las leyendas que hablan del embalsamamiento y exhumación de los restos de su propia hija), el escritor Vicente Muñoz Puelles escribió una pequeña pero fantástica biografía en su libro: “El último deseo del jíbaro y otras fantasmagorías”, que editó Valdemar. Desde aquí animo a Muñoz Puelles a escribir una novela con el doctor Velasco como protagonista. No tengo dudas de que le saldría una gran novela… O cinco.

lunes, 5 de agosto de 2013

Jeannie C. Riley


Nacida en Texas, esta cantante country rompió la clásica imagen que se asociaba al estilo country de siempre: el vestido “gingham”, que no debía subir del tobillo. “Harper valley PTA” fue el primer gran éxito de Jeannie C. Riley, canción de 1968 que en principio iba a cantar Skeeter Davis. El éxito de la canción fue tal que Riley consiguió el disco de oro en solo 4 semanas, y es unas de las pocas cantantes country que a lo largo de la historia han sido nominadas al Grammy en la categoría pop, como mejor álbum y mejor artista novel. Además, la canción dio origen a una película y una serie de television en los años 70. Sin embargo, sus éxitos siguientes no alcanzaron el nivel de su lanzamiento y poco a poco fue dando un giro a su carrera hacia el gospel y la música de contenido religioso. Años más tarde, una fuerte depresión, de la que se recuperó, le hizo engordar más de 20 tallas. Nada que ver con el aspecto que luce en esta actuación para la televisión, ataviada como una Barbarella de lo más sexy. Atentos al guiño de humor de Bob Hope.  

miércoles, 10 de julio de 2013

Participantes en el X Premio Setenil 2013

Ya hay listado de participantes en el X Premio Setenil de libros de cuentos que cada año convoca el ayuntamiento de Molina de Segura. El jurado vuelve a estar presidido por Juan Manuel de Prada, (algunos bufarán de rabia, ¡cómo me gusta!). Ya lo presidió en su primera edición, que como recordaremos, concedió el premio a Alberto Méndez por “Los girasoles ciegos”.

Son 62 los libros que optan al premio de 10.000 Euros que se desvelará el mes de noviembre. Pero antes, el jurado que completan Ana Luisa Baquero Escudero y Ramón Jiménez Madrid, decidirán a la vuelta del verano el listado de los 10 finalistas que se jugarán los cuartos.

Estaremos atentos porque hay buenos candidatos, entre ellos algún Setenil (Fernando Clemot); un par de Tiflos (Ignacio Ferrando y Óscar Alonso); varias Huchas de oro (Juana Cortés y otra vez Ignacio Ferrando); autores multipremiados (Mar Sancho Sanz, Amado Gómez Ugarte, Lorenzo Luengo, Luis del Romero, otra vez Ignacio Ferrando, Miguel Sánchez Robles, autor de quien sabemos que De Prada guarda una buena opinión…); algunos más conocidos por su dimensión mediática (Carlos del Amor y Fernando León de Aranoa); y otros con una trayectoria bastante solvente (Ángel Olgoso, Pepe Cervera, Ignacio del Valle, Jesús Urceloy, Lola López Mondéjar, Montero Glez, Javier Sagarna, otra vez Ignacio Ferrando…).  También está el fallecido Félix Romeo, con un libro que agrupa sus mejores cuentos aparecidos en revistas y otras publicaciones, incluyendo alguno rescatado de su ordenador. Daría que pensar que Juan Manuel de Prada volviera a conceder el premio a un autor fallecido (algo que ya ocurrió con Alberto Méndez).

Quizá sea pronto para apostar, pero yo creo que este año el premio podría llegar con un cuarto de hora de antelación. Candidatos tiene. Y buenos... En fin, veremos.
De momento, desearemos suerte a todos.

Estos son los participantes por orden de llegada:


1.- “La tristeza de las tiendas de pelucas”, de Patxi Irurzun (Pamiela); 2.- “Los libros prestados”, de Xabier López López (Libros de Pizarra); 3.- “Los futuros imperfectos”, de Óscar Alonso (Libros de Pizarra); 4.- “Monos”, de Teresa Arroyo (Finis Terrae Ediciones); 5.- “Ratos de relatos”, de Consuelo Giménez Pardo (Visión Libros); 6.- “Kichay”, de Alejandro Romero (Chiado Editorial); 7.- “Alucinario”, de Lur Sotuela (Eneida); 8.- “Kiriwina”, de Ana Tapia (Fin de Viaje); 9.- “Los años de lluvia”, de Jesús Esnaola Moraza (Paréntesis); 10.- “Aquí yacen dragones”, de Fernando León de Aranoa (Seix Barral); 11.- “Caminando sobre las aguas”, de Ignacio del Valle (Páginas de Espuma); 12.- “Lazos de sangre”, Lola López Mondéjar (Páginas de Espuma); 13.- “Mujer perro”, de Carola Aikin (Páginas de Espuma); 14.- “Los que duermen”, de Juan Gómez Bárcena (Salto de Página); 15.- “Matar en casa y otros cuentos formidables”, de Jesús Urceloy (Casa de Cartón-Tres Rosas Amarillas); 16.- “Los bigotes de la Gioconda”, de Blas Matamoros (Casa de Cartón-Tres Rosas Amarillas); 17.- “El camino y otros pasos”, de César Gavela (Casa de Cartón-Tres Rosas Amarillas); 18.- “La última fiesta”, de David Baró (Sial), 19.- “Lo siento, la cocina está cerrada”, de Alan Grané (Ilarión); 20.- “Sentido sin alguno”, de Agustín Martínez Valderrama (Talentura); 21.- “Viaje imaginario al archipiélago de las Extinta”, de Susana Camps Peramau (Talentura); 22.- “Desarmadas e invencibles”, de Rosario Raro (Talentura); 23.- “El satanismo contado a los niños”, de Lorenzo Luengo (Tropo); 24.- “Leningrado tiene setecientos puentes”, de Mar Sancho Sanz (Tropo); 25.- “Interior azul”, de Anna R. Ximenos (Fondo de Cultura Económica); 26.- “Demasiados ríos por cruzar”, de Alfonso Cost (Dauro); 27.- “En otoño también amanece”, de Bárbara Fernández Esteban (Paralelo Sur); 28.- “Las batallas silenciosas”, de Juana Cortés Amunárriz (Baile del Sol); 29.- “Cuentos de amaneceres”, de Antonio Serrano García (Lonja de Letras), 30.- “Al sur de la nada”, de Herminia Luque (e.d.a Libros); 31.- “La última de todas las batallas”, de José Luis Espina (e.d.a. Libros); 32.- “Despacio”, de Remedios Zafra (Caballo de Troya); 33.- “Lugares que nos habitan”, de Marta María López (Baile del Sol); 34.- “Inframundos”, de Amado Gómez Ugarte (Baile del Sol); 35.- “Historias de seres que algún día nos pertenecieron”, de Jose A. Garzón (Obrapropia); 36.- “Itinerario de cuentos”, de Juan Ignacio Ferreras (La Biblioteca del laberinto); 37.- “Refranero zombi”, de Santiago Eximeno (Saco de Huesos), 38.- “Vosotros justificáis la existencia”, de Nuria C. Botey (Saco de Huesos), 39.- “El edificio”, de David Monteagudo (Acantilado); 40.- “El amor es una bala de plata”, de Francisco Garzón Céspedes (Comoartes); 41.- “La vida a veces”, de Carlos del Amor (Espasa); 42.- “Linaje oscuro”, de Isabel Martínez Barquero (Oblicuas); 43.- “Vae victis”, de Luis del Romero Sánchez-Cutillas (Tantín); 44.- “La sal y otros relatos”, de Juan Amancio Rodríguez (Castilla Ediciones); 45.- “Cuentos desde la umbría”, Maite González Sánchez (Atlantis); 46.- “Vigilias efímeras”, de Sergio Coello (Atlantis); 47.- “Con tinta de calamar”, de Luis Miguel Muñoz (Atlantis); 48.- “Gingival”, de Francisco Ferrer Lerín (Menoscuarto); 49.- “Ahora tan lejos”, de Javier Sagarna (Menoscuarto); 50.- “La piel de los extraños”, de Ignacio Ferrando (Menoscuarto); 51.- “Safaris inolvidables”, de Fernando Clemot (Menoscuarto); 52.- “Las frutas de la luna”, de Ángel Olgoso (Menoscuarto); 53.- “29 cadáveres”, de Pepe Cervera (Menoscuarto); 54.- “Disparos en el armario”, de Eva G. Vellón (Amargord); 55.- “Re-Cuentos”, de Jimmy Entraigües (Obrapropia); 56.- “Malgré Tout (A pesar de todo)”, de Ana María Vaultrín de Saint-Urbain Martín (Raíz); 57.- “Todos los besos del mundo”, de Félix Romeo (Xordica); 58.- “Algunos relatos casi policíacos”, de Ramón de Aguilar Martínez (Autoedición); 59.- “Como el ciervo huiste”, de Iago Fernández Ferrán (Delirio); 60.- “Mañana los amores serán rocas”, de Isabel Cienfuegos (Cuadernos del Vigía); 61.- “La soledad de los gregarios”, de Miguel Sánchez Robles (Diputación de Cáceres); 62.- “Polvo en los labios”, de Montero Glez (Lengua de Trapo).

domingo, 23 de junio de 2013

Vuelo a casa



            Colección de cuentos que publica Alfaguara de este autor americano cuya obra más conocida es “El hombre invisible”. Nacido en Oklahoma en 1914, este autor de raza negra ha hecho de la denuncia de la desigualdad racial el objeto de su obra.
“Vuelo a casa” es una colección de relatos que ha sido concebida por el editor John F. Callahan a la muerte de Ralph Ellison en el año 1994, a partir de cuentos que fueron publicados en su época a principios de los años 40, a los que ha añadido varios cuentos inéditos. El propósito de Callahan es ordenar las historias de tal manera que el conjunto espacio-temporal narrativo transcurra de forma paralela, o al menos lo más parecido posible, a la vida de Ellison. Así, los primeros cuentos tienen a niños como protagonistas en una comarca indeterminada, que podemos identificar con el sur de los Estados Unidos, la tierra de origen de Ellison. A medida que se suceden las historias, sus protagonistas pasan a ser adultos que se han instalado en las grandes ciudades industriales del norte, como Chicago.
Aunque la tentación es grande, dado el trasfondo de su obra, el autor no hace un discurso de denuncia o político como tal. Simplemente se sirve de la narración pura y dura para escenificar algunos pasajes de la vida diaria de estos personajes, enclavados en una tierra y una época de prejuicios que han moldeado durante generaciones los caracteres y los códigos de conducta. Un método mucho más efectivo e ilustrativo para mostrar la realidad con todos sus matices.
Es por ello que pese a que el estilo es muy limpio, sencillo, de frases cortas y plagado de diálogos, la lectura deja un poso de amargura ante el panorama desolador de graves injusticias y desigualdades raciales amparadas por la sociedad.
“Vuelo a casa” arranca con dos cuentos que me parecen los mejores de la colección, pese a su dureza. En el primero de ellos, “Una fiesta abajo en la plaza”, describe el asesinato de un negro al que la comunidad de blancos ha acorralado, desnudado y quemado vivo. La historia la cuenta en primera persona uno de los participantes del linchamiento, un niño, que ante el horror al que asiste, intenta huir del lugar sin éxito. Llama la atención que uno de los personajes más activos sea candidato a sheriff del condado. Una forma de denunciar que el racismo no sólo está en los hombres sino también en la ley. Este es el único relato en que se muestra la violencia de una manera tan explícita. Los demás son mucho más sutiles en su tratamiento.
En el segundo de ellos, el mejor según mi criterio, “Un chico en tren”, cuenta la historia de una madre muy humilde que viaja en tren con sus dos hijos pequeños para iniciar una nueva vida tras la muerte de su marido. No dice cómo murió ni en qué circunstancias, pero desliza que el niño menor, siendo negro es de piel más clara que su hermano, lo que apunta a un drama familiar en el que tal vez se viera involucrado el capataz. Las lágrimas de la madre mientras mira el paisaje que deja atrás así lo sugiere. Y los niños juegan y ríen, ajenos a todo.
En el relato, “Si yo tuviera alas”, como nota curiosa destacaré esta frase que Ralph Ellison pone en boca de uno de los personajes: “¿Qué crees que le pasaría a tu pobre madre si los blancos se enteraran de que tiene un hijo negro que es tan insensato que habla de ser presidente?” El cuento fue escrito en 1943. 65 años después no sé qué pensó la madre de Barack Obama. Seguramente, que los tiempos han cambiado.
En otro de los cuentos, “El vigilante de Hymie”, la miseria iguala a varios indigentes, un blanco y varios negros que viajan como polizones en un tren de mercancías. Pero cuando el blanco asesina a uno de los vigilantes del tren, las autoridades se dedican a buscar al culpable únicamente entre los viajeros negros. Esa igualdad aparente sugerida al inicio del cuento salta por los aires cuando se ha de aplicar la justicia.
Conforme va situando a los protagonistas, ya adultos, en las grandes ciudades éstos toman conciencia de su situación como personas de segunda. Y no ahorra tampoco una autocrítica. Así, en el relato “Difícil mantenerse a su altura”, uno de los negros protagonistas viene a quejarse de que los negros “somos como lobos solitarios, cada uno tratando de actuar por su cuenta”. 
Y en ese tono se van sucediendo los cuentos. Ralph Ellison expone las situaciones con mucha crudeza y las resuelve con muy pocas concesiones a la esperanza, lo que lleva a una lectura angustiosa y desagradable por la realidad que describe.
Pero es un punto de vista que la literatura no ha tratado con la justicia que merece. Al menos, es la impresión que tengo. Cuando uno lee y habla sobre literatura sureña, enseguida se le vienen a la mente los grandes autores que diseccionan la América profunda: William Faulkner, Flannery O’Connor, Katherine Anne Porter, Tennesee Williams,…. Todos pusieron el foco en la sociedad sureña americana, lastrada soterradamente por unos complejos de culpa que quizá podrían tener su origen en las grandes cuestiones que llevaron a la Guerra de Secesión y a una posterior derrota que algunos, incluso, interiorizaron con orgullo. A grandes rasgos esos autores hablaban de personajes frustrados, con grandes contradicciones, inmersos en una sociedad en decadencia, que en muchos casos sabían injusta. Una sociedad en la que más de la mitad de la población es de raza negra.
Y sin embargo, ninguno de ellos escribió sobre el racismo desde esa perspectiva, desde ese lado de quien sufre la injusticia. ¿Acaso es que es necesario ser negro para escribir sobre la desigualdad racial?


lunes, 29 de abril de 2013

La vida errante




Marbot Ediciones nos trae con este libro una crónica de viajes que Guy de Maupassant realizó por el mediterráneo. Un viaje que para huir del París de la Exposición Universal de 1889, le llevó por Italia, Argelia, Túnez, Sicilia, Kairuán, Venecia e Isquia.
Celebrado por su ingente obra cuentística, ya que escribió cerca de 300 cuentos y está considerado junto a Chejov como uno de los grandes maestros del género, Maupassant también escribió 6 novelas, multitud de artículos periodísticos y hasta tres libros de viajes.
Este del que hablamos hoy, “La vida errante”, comienza con una frase contundente: “Me fui de París, e incluso de Francia, porque la torre Eiffiel terminó fastidiándome mucho”.
Pese a este inicio, que podría inducirnos a pensar que estamos ante una escritura espontánea o superficial, Guy de Maupassant nos demuestra que se puede escribir con una prosa natural, sin alharacas, pero al mismo tiempo dotar a sus ideas de una profundidad y una sensibilidad con un estilo directo, limpio y a la vez envolvente. Como prueba, esta frase: “Cuando el sistema nervioso no es sensible hasta el extremo del dolor o el éxtasis, no nos transmite más que conmociones mediocres y satisfacciones vulgares”. Una muestra muy clara de una personalidad extrema que ha vivido al límite muchas experiencias: sus conocidas orgías a orillas del Sena, sus turbias actividades en una sociedad secreta creada por él, sus terribles jaquecas, sus enfermedades reales o fingidas que le llevan a ser un adicto al opio y la morfina, sus varios intentos de suicidio o el penoso internamiento en un manicomio al final de su vida así lo demuestran.
Pero si uno se deja influenciar por estos episodios de su biografía se sorprendería de la lucidez con que están narradas estas crónicas. Igual que el resto de su obra, “La vida errante” está libre de  esos desequilibrios que podrían haber impregnado su prosa.
Guy de Maupassant queda prendado de la belleza de la arquitectura clásica italiana. Como él dice, de nada sirve escribir tales cosas, hay que verlas. Sin embargo, el autor se esfuerza en ello y lo consigue con frases tan bellas como esta: “Los italianos de aquella época sí supieron dar a su patria una Exposición Universal que visitaremos por los siglos de los siglos.”
Durante su estancia en Italia, Guy de Maupassant expresa un sentimiento enfrentado muy interesante: “Cuanto más arrebatados estamos por la seducción de este viaje a un bosque de obras de arte, más invadidos nos sentimos por la extraña sensación de malestar que se mezcla en seguida con el gozo de contemplar.” Esta reflexión proviene del asombroso contraste que según él existe entre la multitud moderna tan banal, tan ignorante de lo que mira y los lugares donde habita. Siente que el alma delicada y refinada del viejo pueblo asentado que habitó allí en tiempos, ya no habita en sus actuales moradas.
Es de reseñar que el autor hace sobre todo una descripción de paisajes y formas de los lugares que visita y deja en un segundo término las gentes del lugar y sus caracteres. Al contrario de lo que reflejó en su obra, “Viaje por España”, el escritor Hans Christian Andersen. En cambio, cuando desembarca en África, Maupassant sí habla de las gentes y costumbres en su etapa por Túnez.
Conociendo su personalidad, de una voracidad venérea irrefrenable, llama la atención un hecho curioso: a Guy de Maupassant le horroriza la danza del vientre. Resulta también interesante esta reflexión: mientras las catedrales cristianas van buscando a Dios en altura y belleza de líneas y proporciones, las mezquitas se extienden a baja altura, ocupando un mayor terreno, como una metáfora de una religión, de una cultura cuyo culto al Islam invade todos los órdenes de la vida. Y esto sí lo critica abiertamente Maupassant. Como también el hecho de que la mujer no tuviese libertad y viviera en sumisión al hombre. Precisamente en una época (finales del siglo XIX) en que todavía los derechos de la mujer estaban lejos de ser plenamente reconocidos en Europa. Pero ya entonces había conciencia de que esa era una cuestión pendiente de abordar.
Ya de regreso a Francia, pasa por Nápoles, de la que queda cautivado y allí es testigo de los devastadores efectos de un terremoto.
Las cerca de 300 páginas de “La vida errante” se leen con mucha frescura y evidencian que Maupassant disfrutó de su viaje como nosotros con su lectura.
Interesante libro de viajes de este maestro del cuento.