lunes, 9 de febrero de 2015

Historia secreta de Costaguana


El título del libro hace referencia a una cita de Joseph Conrad, cuyo aliento impregna el texto: “Quiero hablarte de la obra que me ocupa actualmente. Apenas si me atrevo a confesar mi osadía, pero la he ubicado en América del Sur, en una República que he llamado Costaguana”. Por tanto se puede decir que Juan Gabriel Vásquez ha emprendido precisamente eso: elaborar una historia de Costaguana, a partir del juego ficticio con la historia real de Colombia y las experiencias del padre del narrador, Miguel Altamirano, personaje que asiste a los vaivenes de los tiempos, implicado como pocos, dado su carácter inconformista. Toma como punto de inicio la independencia de las colonias americanas de la corona española (1819). Habla de la tierra prometida, enfebrecida por el oro; de la llegada de extranjeros, gringos, chinos, y europeos; de la construcción del ferrocarril que lo une a Panamá; de la constante irrupción de militares golpistas, del enorme desafío a todos los niveles que supone la construcción del canal de Panamá… Y siempre con la omnipresencia de la iglesia, cuyos códigos morales se hayan firmemente instalados en la sociedad.

No se trata de una narración complaciente, ni mucho menos. No es una especie de "hagiografía" con la que busca entronizar su tierra y sus gentes, pese al tono de leyenda con que está escrita. No hay más que leer la definición que Juan Gabriel Vásquez hace de su país en un momento de la narración: “Colombia es una obra en cinco actos que alguien trató de escribir en versos clásicos pero que resultó compuesta en prosa grosera, representada por actores de ademanes exagerados y pésima dicción…”
El autor cuenta la historia como si se dirigiera al lector asumiendo un papel de jurado de la historia. Pese a ello todo el texto se halla atravesado por el azar, coincidencias con personajes y acontecimientos reales que se entremezclan con las vivencias de los personajes que protagonizan las tramas ficticias: su padre primero y luego el hijo en primera persona. Es un artificio del que se vale para dotar de sentido una narración con aires de leyenda, que abarca desde la narración de los hechos históricos propiamente dichos, a la expresión de los sentimientos más subjetivos, y a la relación que el azar sostiene con ambos mundos, como si fuera una especie de argamasa que los une. Es una forma de mantener al lector en constante alerta, respecto de esos acontecimientos o personajes que a la página siguiente se le pueden aparecer y que explican la grandeza de la historia que está leyendo. A mi entender, abusa un poco de este recurso. Pero el lector, que ya ha entrado en este juego, se deja llevar y sorprender por la cantidad de datos curiosos que aporta de nombres y fechas. Esto lo hace posible lo que el autor llama “El Ángel de la Historia”.

Pero más allá de la historia que cuenta a través de varias generaciones hay otra idea que da sentido a la narración y que en el fondo es el motor de la misma: La sombra de Joseph Conrad planea a lo largo de todo el texto. Volvemos otra vez a la cita que da origen al título de la novela. Tan es así que el autor fuerza una especie de alma gemela del escritor polaco en el narrador de la historia, Antonio Narváez.
Con la valentía propia de un escritor de primera, Juan Gabriel Vásquez tiene la habilidad de reescribir la biografía de Conrad ofreciendo versiones diferentes a las comúnmente aceptadas sobre ciertos aspectos de su vida. Paralelamente habla también de la construcción del canal de Panamá, que es otro de los ejes que vertebran la narración. De las guerras civiles entre liberales y conservadores. De la búsqueda del padre como aventura en busca de la identidad, lo que hace que “Historia secreta de Costaguana” no sea una novela histórica convencional, sino una obra moderna y arriesgada, con mucho de autobiográfico y con una buena profusión de elementos azarosos. Durante este periplo, típicamente austeriano, el narrador llegará a encontrarse con el Conrad viajero y contrabandista de armas.

Y es entonces cuando alcanzamos a ver el verdadero núcleo de la obra. Ya que una vez leída esta “Historia secreta de Costaguana”, uno puede encontrar que el verdadero pretexto para contar la historia de Colombia a través de dos generaciones entre los siglos XIX y XX, es ofrecer información al Conrad escritor, es decir proporcionarle una buena base para que emprenda la escritura de su novela “Nostromo”, en la que habla precisamente de eso. Pero se producirá un desencuentro entre el narrador de la novela y Joseph Conrad cuando éste decide escribir una versión muy libre, alterando nombres y fechas, sobre el nacimiento de Costaguana. Y esto motivará una especie de ajuste de cuentas literario con Conrad. O lo que es lo mismo, enmendarle la plana 100 años después… por supuesto, a través de la ficción, lo que no deja de ser una medida inteligente.

Y creo que Juan Gabriel Vásquez lo ha logrado.

miércoles, 21 de enero de 2015

Skeeter Davis



En 1963, Skeeter Davis ya llevaba más de una década como joven estrella del country. Primero formando un grupo y luego en solitario. Ese año, “The end of the world” le dio ese tipo de canción que justifica toda una carrera musical. El paso del tiempo terminaría de colocarla entre los grandes clásicos, (junto a Crazy y I’m sorry, entre muchas otras) que uno debe enumerar cuando repasa los temas imprescindibles de los 60. Nació en Kentucky, lo que unido a su piel blanca y al amor por la música, le condujo al country. Y como muchas cantantes americanas que ya hemos repasado, dedicó una parte de su vida a tareas evangelizadoras junto a un grupo de religiosos, esta vez en África. Pero eso fue en los años 70, ya en su declive. Antes, en la década anterior, cuando estaba en la cima, fue 5 veces nominada a los premios Grammy y escribió canciones para otros intérpretes como Pat Boone o Kay Star. Y antes incluso sobrevivió milagrosamente a un gravísimo accidente de tráfico en 1953. Un amigo suyo que iba con ella no pudo decir lo mismo. Fue una suerte para todos nosotros que aún no le hubiese llegado a Skeeter Davis “The end of the world”, ¿no creen?

martes, 30 de diciembre de 2014

El cine según Hitchcock


Este libro, El cine según Hitchcock, lo considero fundamental para todo aquel escritor o cineasta que quiera dedicarse a contar historias. La idea del libro surgió a partir de una larga entrevista que mantuvo Francois Truffaut con Alfred Hitchcock durante varios días mediada ya la década de los años 60 del pasado siglo, y en la que repasa toda la filmografía del director británico. En ella va aportando toda la experiencia acumulada a lo largo de su carrera, sin ahorrar detalles ni anécdotas curiosas. Nos queda, en las casi 350 páginas de entrevista, su particular visión del arte de narrar historias. Este formato de pregunta-respuesta hace muy amena la lectura, aunque si nos paramos a pensarlo, lo advertimos algo forzado y artificioso, sobre todo cuando Hitchcock bucea en la intrahistoria de cada película que dirigió. Si la entrevista se produjo tal y como nos la presenta Alianza, podemos decir que Alfred Hitchcock gozaba de una memoria milimétrica y elefantiásica que le permitía recordar los mínimos detalles de la escritura de cada guión, la elección de la música, los actores, las dificultades de financiación que encontró en algunas de sus películas, la compra de derechos de las novelas en las que se basaban, los años de estreno de cada film, problemas muy concretos de planificación y rodaje de muchas secuencias, explicación de algunos momentos fundamentales de las tramas, declaraciones, fechas, nombres, lugares, escenas suprimidas, guiones que nunca se rodaron… Un sinfín de datos que nadie sería capaz de aportar sin sentarse tranquilamente a buscar en archivos. Y eso, si uno ha tenido antes la paciencia de irlo apuntando todo a lo largo de los años. Me temo que en una entrevista de cincuenta horas seguidas, cara a cara, es materialmente imposible aportar tanto detalle.

Pero obviando este aspecto, en realidad poco relevante para lo que nos ocupa, tenemos en el fondo un monumental tratado de narrativa cinematográfica. Y lo es precisamente porque Alfred Hitchcock ha sido uno de esos directores pioneros, que empezaron en el cine mudo y tuvieron que ir adaptándose al cine sonoro primero y luego a otros adelantos técnicos que vinieron como el color o el cinemascope. Era por tanto un artesano del cine, que dominaba el guión, la fotografía, el montaje, la música y la dirección de actores. Una capacidad a la que se sumaba el carácter que le imprimía pertenecer a una familia católica en Inglaterra, aspecto que no hay que desdeñar en absoluto en la formación de su personalidad, marcadamente crítica y obstinada.

Llama la atención que fuera un intelectual europeo, Fracois Truffaut, cineasta francés y máximo representante del movimiento cultural que vino con la Nouvelle Vague, quien reivindicara el legado de Hitchcock, al que consideraba como uno de los más grandes de la historia del cine.  Precisamente cuando en Hollywood al propio Hitchcock se le despreciaba porque hacía películas para el gran público. Pero como dice el propio Fracois Truffaut  en el prólogo, desde la invención del sonoro, Hollywood no ha dado a luz ningún gran temperamento visual, con excepción de Orson Welles. Incluso llega a aventurar que si de la noche a la mañana el cine se viera privado de toda banda sonora y volviese a ser el arte mudo que fue desde 1895 hasta 1930, la mayor parte de los directores de la época se verían obligados a cambiar de oficio. Sólo salvaría de la quema a Howard Hawks, John Ford y al propio Alfred Hitchcock. Una opinión controvertida, con la que busca provocar y suscitar debates.

Independientemente de que uno esté más o menos de acuerdo, yo me quedo con estas palabras de Hitchcock en un momento de la entrevista: “Algunos films son trozos de vida, los míos son trozos de pastel. Es importante que el público pueda reconocerse en los personajes. Rodar películas, para mí, quiere decir en primer lugar y ante todo, contar una historia. Esta historia puede ser inverosímil, pero no debe ser jamás banal. La belleza de las imágenes, la belleza de los movimientos, el ritmo, los efectos, todo debe someterse y sacrificarse a la acción.” Pues bien, esto que es el ABC de la narrativa, del arte de contar una historia, se olvida mucho más a menudo de lo que pensamos.

Con el análisis minucioso de cada película, Truffaut va desmontando los prejuicios que han servido a cierta parte de la crítica para ningunear a Hitchcock. Grande y meritorio ha sido su esfuerzo para situarlo en el lugar que merece en la historia del cine en el plano intelectual y de la crítica. Por fortuna sí gozó del favor del público y su filmografía está ahí para hablar por él: Con la muerte en los talones; Vértigo; La ventana indiscreta; Encadenados; Psicosis; Rebeca; Marnie, la ladrona; Yo confieso; Los pájaros; El hombre que sabía demasiado; Cortina rasgada; La soga; Recuerda; Falso culpable… Quien no se haya emocionado, reído, angustiado o aterrorizado en algún momento con estas historias, no es que no le guste el cine, simplemente es que no le gusta vivir.

El cine según Hitchcock debe ser uno de los libros de cabecera que todo escritor debe haber leído y por tanto tener presente cuando se ponga a escribir. Antes de terminar, para insistir en esta idea, no me resisto a describir la escena inicial de la película La ventana indiscreta: La cámara se pasea por el patio adormecido donde transcurre la acción y va a recoger el rostro sudoroso de James Stewart, que está sentado e impedido. Luego recorre su cuerpo hasta la pierna enyesada, sigue hasta una mesa en la que se ve la cámara fotográfica rota y un montón de revistas. Y en la pared se ven unas fotos de coches de carrera en plena acción, y una rueda que se ha salido de uno de esos coches y se dirige peligrosamente hacia el objetivo. En este primero y único movimiento de cámara, sabemos dónde estamos, quién es el personaje, cuál es su oficio y lo que le ha sucedido. Y todo ello sin decir una sola palabra.

A esto se le llama eficacia narrativa. Amén.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Javier Sáez de Ibarra gana el XI Premio Setenil 2014


Ya hay veredicto. El jurado del XI Premio Setenil de libros de cuentos, presidido por Hipólito G. Navarro, ha premiado a Javier Sáez de Ibarra, por su libro "Bulevar", publicado por Páginas de Espuma. Para él serán los 10.000 euros del premio, que como siempre, serán entregados en el salón de plenos del ayuntamiento de Molina de Segura el próximo 11 de diciembre.

Javier Sáez de Ibarra tiene ya una trayectoria consolidada en el mundo del cuento, con otros 3 títulos publicados con anterioridad: "El lector de Spinoza" (2006), "Propuesta imposible" (2008) y "Mirar al agua. Cuentos plásticos" (2010). Éste último fue ganador de la 1ª edición del Premio Ribera del Duero, también editado por Páginas de Espuma.

En cuanto al contenido de "Bulevar", según palabras del mismo Javier, se trata de una especie de homenaje a Carver, en donde entremezcla cuentos característicos de su estilo (también  resuenan en ellos el aliento de Chejov y Aldecoa), junto con otros de un corte más fantástico y cercanos a la plasticidad. Todo ello para no perder de vista la realidad que nos rodea, poniendo siempre el foco en esos hechos cotidianos y sencillos, pero al mismo tiempo dotados de una gran fuerza dramática.

Un libro que lleva su sello característico y cuya lectura promete ser muy interesante.
Enhorabuena, Javier.

martes, 7 de octubre de 2014

Petula Clark


Empezó a cantar siendo niña y por ello fue considerada la Shirley Temple británica.En plena 2ª Guerra Mundial actuó para animar a las tropas inglesas. Incluso se contó con ella para la celebración de la victoria en Trafalgar Square. Con semejante trayectoria, en la década de los 60 el mundo anglosajón ya se le había quedado pequeño y empezó a grabar en francés. Tan bien lo hizo, que durante varios años se la consideró como una cantante francesa. Aunque "Downtown" y "I know a place" fueron sus mayores éxitos, (con los que ganó sendos premios Gammy en 1964 y 1965), destacar un solo disco o una canción es tarea inútil. A lo largo de su carrera ha grabado miles de canciones y vendido más de 70 millones de discos. Pero, sinceramente, dudo mucho que los jóvenes de hoy sepan de Petula Clark... Vamos, que estoy seguro de que no. En la música, como en la vida, cuando se pierden las referencias y los principios, se pierde el norte... y así vamos, derechos al precipicio. En fin, como dice Petula Clark, con esta colorida y alegre coreografía: "It's a sign of the time"

sábado, 13 de septiembre de 2014

Finalistas del XI Premio Setenil 2014

El ayuntamiento de Molina de Segura ha comunicado la lista de los 10 libros finalistas del XI Premio Setenil de libros de cuentos. Fue bonito mientras duró la espera: al final no hubo sitio entre ellos para mi libro de microrrelatos “El eco y el espejo”… En fin, no hay que desesperar. Habrá que intentarlo el año que viene o el siguiente.
Para el ganador serán los 10.000 Euros del premio, que se fallará a finales de octubre o primeros de noviembre. Recordemos que el jurado lo preside este año el escritor Hipólito G. Navarro, al que echarán una mano la escritora Lola López Mondéjar y el crítico literario José Belmonte Serrano.

Aunque no he leído ninguno de los libros finalistas, yo apostaría este año entre Eloy Tizón y Felipe Benítez Reyes. Por si acaso, también compraría papeletas para Eduardo Jordá… Pero meterse en la cabeza de Hipólito G. Navarro es una experiencia de la que no sé si saldría vivo, así que seré prudente y esperaré a su veredicto.

Estos son los finalistas. Suerte a todos.

1.-“El hilo conductor”, de Elena Alonso Frayle (Tantín); 2.-“Crímenes ilustrados”, de Álvaro del Amo (Menoscuarto); 3.- “Cada cual y lo extraño”, de Felipe Benítez Reyes (Destino); 4.- “La desesperación del león y otras historias de la India”, de Sonia García Soubriet (Menoscuarto); 5.- “Yo vi a Nick Drake”, de Eduardo Jordá (Rey Lear); 6.- “Todos los crímenes se cometen por amor”, de Luisgé Martín (Salto de Página); 7.- “Bulevar”, de Javier Sáez de Ibarra (Páginas de Espuma); 8.- “Profundo sur”, de Juan José Téllez (e.d.a.); 9.- “Técnicas de iluminación”, de Eloy Tizón (Páginas de Espuma); 10.- “Te espero dentro”, de Pedro Zarraluki (Destino).

lunes, 1 de septiembre de 2014

Seda


A medida que con los años uno va acumulando lecturas, (y aquí incluyo tanto las que realizo por puro placer, como aquellas que abordo con una intención más bien didáctica o intelectual), parece inevitable que vaya siendo cada vez más crítico o menos condescendiente a la hora de evaluar una narración. Ignoro si esto es debido a una deformación natural, pero comentando este hecho con otros autores y buenos aficionados a la lectura, parece que es algo bastante común. La paciencia y las tragaderas, como las neuronas y las burbujas del champán, van mermando con el paso del tiempo. Por eso es motivo de celebración cuando, entre tanta lectura insatisfactoria (y en ocasiones, hasta irritante), uno se topa con una auténtica joya como la que vamos a comentar hoy: Seda, de Alessandro Baricco.

La historia de Seda se sitúa en la Francia de finales del siglo XIX. Hervé Joncour, el protagonista de la novela, se dedica a comprar y vender gusanos para la producción de seda. Y para ello emprende sucesivos viajes a Japón, un país que para la época aún pertenecía a ese mundo exótico, todavía desconocido y regido por leyes y costumbres feudales. Suponía por tanto una auténtica aventura, un viaje para el conocimiento y la acumulación de experiencias. Allí conoce a una mujer enigmática y misteriosa, de la que se enamora locamente, pese a ser un hombre casado. De modo que encontrará un nuevo motivo, la verdadera razón, para seguir viajando a Japón con el paso de los años. Una historia de amor nunca consumado (lo que es el verdadero deseo), al que contribuye de manera esencial su mujer Hèlene, en un giro final en el argumento que da la medida de lo que el amor, en todo lo que tiene de generosidad y sacrificio, puede dar de sí.   
Algo por lo que destaca esta novela es por el uso de la elipsis. Por eso tiene alma de cuento. Es mucho lo que omite y eso la hace muy dinámica y estilizada: no sobran palabras, alude. El tratamiento de la narración es muy manierista. Parece la narración de una narración. Tiene un ritmo de cuento oriental y un buen equilibrio entre las escenas que narra y el resumen que le sirve para avanzar. Es un efecto muy bello porque entronca con la pintura clásica japonesa, donde las figuras se hacen con muy pocos trazos y pese a ello se consigue dar profundidad de campo.

Algo que hace muy bien es el uso recurrente de escenas, como se observa en las narraciones orientales de las mil y una noches: la descripción de los viajes sucesivos, y también el empleo del recurso de pregunta-respuesta: la pregunta que se lanza al principio de la novela y la respuesta que se obtiene al final. No se trata de un adorno o de algo prescindible, sino que forma parte de lo que Baricco nos cuenta: es parte de la estructura. Como hace con el personaje de Baldabiou, que promete dejar de contar una historia cuando el manco le gane una partida de billar. Al final lo consigue y deja de contarla.
Son muchas las influencias que podrían haber servido al autor de Seda. Por el tipo de historia, se me ocurre por ejemplo, la serie de novelas de Italo Calvino, “Nuestros antepasados”, formada por la trilogía: “El barón rampante”, “El caballero inexistente” y “El vizconde demediado”. Otro libro suyo también resuena: “Las ciudades invisibles”. Estas novelas de Calvino están contadas a la manera clásica con algo de fantasía. A diferencia de “Seda”, que no tiene elemento fantástico, aunque sí se respira un aire de maravilla. Y eso Baricco lo consigue mediante lo exótico.
Otra influencia clara, desde mi punto de vista, sería el García Márquez de “Cien años de soledad”. Sobre todo en el dibujo de ciertos personajes, muy del estilo de García Márquez. Porque los hace hablar muy sentenciosamente, de forma tajante, nada superfluo, como de realismo mágico. Esto se ve también en el tono “cuentero”.

“Seda”, en el fondo, es una novela que habla del deseo. Lo hace mediante muchas pistas. El deseo es lo que hay que buscar al fin del mundo y más allá. Lo que uno desea no está en el mundo. Se está en permanente búsqueda. Nada más empezar la historia, subraya algo importante: que la ocupación del protagonista trasluce un ligero aire femenino. Lo dice en la primera página y coloca al protagonista en la posición en la que no tiene algo. El goce, por tanto, se encuentra en el movimiento constante en busca de ese deseo.

Es una lástima que Alessandro Baricco no haya conseguido este nivel en otras novelas suyas: Ni en “Océano mar”, ni con “Esta historia”, ni en “Emaús” ha logrado alcanzar el pulso emocional y el tono de historia maravillosa que sí ha conseguido en Seda. Supongo que sólo por una novela como esta queda justificada toda una carrera literaria. En este sentido, Baricco ya se puede retirar satisfecho.