jueves, 3 de noviembre de 2011

Paparazzi

Atención, acabamos de recibir en la redacción del desván esta "Blog-Pifia" de última hora:

"Un juez de Barcelona ha condenado al señor Soler, fotógrafo profesional de prensa rosa, a pagar una indemnización de 90.000 Euros a la señorita Scarlett Johanson por atentar contra su honor. En el controvertido reportaje se veía a la actriz completamente vestida saliendo de una misa que tuvo lugar en la iglesia de Santa María Recatada el pasado mes de abril.
Recordemos que el señor Soler ya estuvo en el centro de la polémica por vender unas fotos del príncipe Alberto de Mónaco comiéndose a besos a su esposa Charlenne. Pese a las numerosas condenas, el fotógrafo sigue asegurando que él nunca hace montajes.
Ya ni los jueces de Barcelona le creen."

¡Qué país!

jueves, 27 de octubre de 2011

David Roas gana el VIII Premio Setenil


El jurado del VIII Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España 2011, reunido el día 26 de octubre, ha acordado conceder el galardón a David Roas por su libro Distorsiones, publicado por la editorial Páginas de Espuma (Madrid). El jurado, compuesto por Fernando Iwasaki, Antonio Parra Sanz, Gontzal Díez y Manuel Moyano, eligió esta obra de entre las 64 presentadas por editoriales y autores de toda España.

El escritor galardonado, David Roas (Barcelona, 1965) es profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universidad Autónoma de Barcelona. Entre sus obras se cuentan la novela Celuloide sangriento (1996), el volumen de cuentos y microrrelatos Horrores cotidianos (2007) y el libro de crónicas humorísticas Meditaciones de un arponero (2008). Especialista en literatura fantástica, ha publicado diversos ensayos y antologías sobre el género.

El jurado del VIII Premio Setenil considera que el libro ganador, Distorsiones, que reúne 19 piezas de dispar extensión, ''se caracteriza tanto por su frescura y agilidad, como por los riesgos narrativos que asume su autor, conteniendo varios relatos memorables que tienen la fantasía y el humor como rasgos principales''.

El acto de entrega del VIII Premio Setenil tendrá lugar el 13 de diciembre de 2011.

Los ganadores de las anteriores ediciones del Setenil, considerado uno de los premios más importantes de cuento en el panorama literario nacional, han sido Alberto Méndez, por Los girasoles ciegos, Juan Pedro Aparicio, por La vida en blanco, Cristina Fernández Cubas, por Parientes pobres del diablo, Sergi Pàmies, por Si te comes un limón sin hacer muecas, Óscar Esquivias, por La marca de Creta, Fernando Clemot, por Estancos del Chiado, y Francisco López Serrano, por Los hábitos del azar.

viernes, 14 de octubre de 2011

El ahorcado: Cuentos de espanto


Ediciones B, en su colección de Zeta Bolsillo, nos presenta en este libro una antología de relatos de Orson Scott Card, autor norteamericano especializado en terror y ciencia ficción. Y como especialista del género, ha explorado todas las vertientes.
En una interesantísima introducción, Scott Card diserta sobre el sentido de escribir cuentos de miedo. Dentro de este género diferencia claramente entre espanto, terror y horror. Aunque para el profano en la materia puedan parecer términos similares, Scott Card sostiene que el espanto es la forma de miedo más sugerente y la más poderosa. Porque lo identifica con esa tensión, ese compás de espera que se produce cuando sabemos que hay algo que temer pero aún no lo hemos identificado con algo concreto. Según él, otra vertiente del miedo es el terror, que es el que sentimos cuando ya vemos y le hemos puesto cara a aquello que tememos. Así, terror sentiríamos al ver al intruso que nos ataca con un cuchillo, o cuando vemos los faros de un coche que se nos echa encima… es decir, sabemos lo que podemos esperar. Y por último queda la otra vertiente, el horror, que es la más débil de todas, que identifica con las consecuencias, con los vestigios, una vez que ha ocurrido lo que temíamos: un cadáver despedazado o víctimas que ya han dejado de ser personas.
El autor concluye esta introducción haciendo una encendida defensa del cuento de espanto, que es el verdadero arte del miedo: lograr que el público se identifique con un personaje hasta el punto de compartir sus temores. Desde luego, en términos de Orson Scott Card, este libro es claramente una colección de cuentos de espanto. Son cuentos que hablan de la culpa, que surgen a partir de pesadillas o de situaciones cotidianas que ha vivido el propio autor.
En este sentido, “Criadero de gordos” tiene tintes autobiográficos, como en realidad casi todos los cuentos, como él mismo justifica en una apostilla al final del libro.
En “Sepulcro de canciones”, el autor se nos muestra en su estado más desgarrado. Esa historia de una adolescente sin brazos ni piernas, condenada a vivir en una silla de ruedas, que contagia alegría y vida, conmueve desde la primera página. Y más aún si sabemos que en la realidad el propio autor vive una situación similar con uno de sus hijos. Como él mismo asegura al final del relato, una vida es digna de vivirse si brinda algún bien a los demás y recibe alguna alegría de ellos.
Esas experiencias parecen tener también algo que decir en otros cuentos como “Euménides en el lavabo del cuarto piso”, “Niños perdidos”, “Ejercicios de respiración profunda” o “Finiquito”, donde el peso de la culpa atenaza el proceder del protagonista en el día a día y es capaz incluso de seguir estando presente en sus sueños y de torturarlo.
Sin embargo, “Juegos de carretera” tiene otra cadencia. En él, el protagonista lleva una vida aparentemente normal, integrado en la sociedad, pero se convierte en una especie de monstruo cuando se sienta al volante de un coche. Y acosa en la carretera a otros conductores que han cometido pequeñas infracciones, pero no saben que sufrirán fatales consecuencias por ello. Se lee a ritmo de road movie, con carreras, frenazos y justicieros sobre ruedas. Se respira en el ambiente del relato una angustia latente que va creciendo hasta llegar a un final apocalíptico.
En definitiva, estamos ante un libro que en ciertos momentos me ha recordado al mejor Stephen King (hablo de “Eclipse total”, de "La zona muerta" o “Misery”), un autor que sugiere más de lo que muestra. Como el propio Scott Card sostiene: “Vosotros, los lectores, presos del espanto, imaginaréis cosas mucho peores de las que yo podría mostrar”. Lean “El ahorcado. Cuentos de espanto” y quizás le den la razón.

domingo, 9 de octubre de 2011

Dalida



Yolanda Giglioti (Dalida) nació en El Cairo, de familia italiana. El título de Miss Egipto en 1954 le sirvió de trampolín para el cine y la música. Se trasladó a París, donde fue telonera de Charles Aznavour y disco de oro en 1957. Lectora voraz e interesada en la filosofía, fue adquiriendo una imagen de artista elegante y sofisticada. Sin embargo, su vida se vería marcada por un trágico suceso: en el festival de San Remo de 1967 participaba con la canción “Ciao Amore”, compuesta por Luigi Tenco que era su pareja de entonces. Al no conseguir el premio, Luigi montó en cólera y acusó al jurado de manipulación y a la organización de venderse por dinero. Para mayor escándalo, esa misma noche Luigi se suicidó en su habitación del hotel. Meses más tarde, y aún destrozada, Dalida quiso seguir sus pasos. Afortunadamente fracasó y en 1971 nos dejó esta “Le temps des fleurs”, adaptación de una canción tradicional rusa. Por desgracia, otra ingestión de barbitúricos sí conseguiría acabar con ella en 1987… ¡Qué obsesión con la química!

miércoles, 21 de septiembre de 2011

La puerta de Heródoto


La taberna del Frasco, cerca del embarcadero, es el lugar al que acuden esos hombres de mar, gente ruda, sacrificada y de pocas palabras. La taberna aún conserva ese olor a fritanga de aceite usado, de pescaíto frito y tabaco de contrabando, de restos de espuma que gotea desde los tiradores de cañas. Ese olor que te impregna la ropa durante las partidas de dominó y te deja la huella del Frasco, como si te hubiera abrazado desde el otro lado de la barra antes de servirte las gambas de rigor como primera tapa. Ese olor sigue siendo el mismo pese a que el Frasco ya no está al frente de su taberna.
Era verano cuando desapareció. Salió hace dos años con su pequeño bote una mañana de mar en calma. Llevaba todo su equipo de buceo a pulmón libre: unas aletas de pala ancha, machete, cinturón de plomo, un fusil de pesca submarina y unas gafas que hacían agua. Sus amigos, entre los que me encuentro, compartíamos con él su afición por el submarinismo desde niños, pero el paso del tiempo fue ordenando nuestras prioridades, y al final el buceo ya sólo tenía interés para el Frasco. Antes de las 9 solía regresar con su barca repleta de sargos, jibias, palometas y algún mero que superaba los dos kilos. Así conseguía ampliar la carta de raciones de pescaíto para su taberna.
- Mirad lo que traigo hoy… Este cachivache debe ser de los fenicios.
Sostenía entre sus manos una pequeña figura de obsidiana, tan acribillada de lapas y algas que se hacía difícil adivinar por debajo la forma de una sacerdotisa. Nos miramos, incrédulos, al pie de la barca. Hay que ver qué suerte tiene el Frasco, era el sentir general.
- Estaba enredada entre los tentáculos de este pulpo. ¡Fijaos, menudo ejemplar!.- Corroboró alzando los ocho kilos de cefalópodo.
Esa tarde, con nuestra promesa de guardar silencio, nos llevó a su bodega, que tenía habilitada como un muestrario arqueológico del lugar. Tenía ordenados por épocas todos los objetos que fue encontrando a lo largo de los años. Desde tablillas tartésicas, figurillas cartaginesas y ánforas romanas, pasando por flechas y diademas árabes, monedas acuñadas en las indias, restos de las guerras napoleónicas y hasta la hélice de un avión de la guerra civil. Junto a centenares de joyas, calaveras, mosquetones y balas de cañón, había un esqueleto completo vestido con su uniforme de guardia de corp. Aún se distinguía en la sisa de la pechera el agujero abierto por el sable que lo mató… Quizá, en la batalla de Trafalgar.
Un día, el Frasco me desveló su secreto.
- He encontrado una cueva a los pies del acantilado. Y no puedes imaginarte lo que esconde. Hay todo un mundo por descubrir.- Me susurró al oído con sigilo.
Yo no quise contribuir a alimentar su ego. Sólo me limité a seguirle la corriente por cortesía.
- ¿Y no crees que sería mejor donar las piezas a un museo?.- Le pregunté.
- No me he explicado bien. No se trata de restos arqueológicos. Más bien diría que son las pruebas de que los grandes mitos de la humanidad son más reales de lo que parecen. A través de esa cueva he accedido a un mundo subterráneo plagado de Golems y fuentes de la eterna juventud. La Atlántida existió, también Eldorado. Ahora están ahí abajo, junto a antiguas civilizaciones que desaparecieron de la tierra sin dejar rastro. Creo que personajes como Heródoto, Nostradamus, Juanelo o Julio Verne supieron de la existencia de este mundo interior. Las piezas que habéis visto en mi bodega no son más que quincalla para fetichistas.
Me dolía la cabeza y seguí con mi partida de dominó. Cada loco con su tema. Pobre Frasco, pensé mientras daba cuenta de los salmonetes a la plancha que pescó esa misma mañana. Entonces no podía saber que el Frasco tomaría su bote al día siguiente y desaparecería dejándonos huérfanos de su compañía, aunque su taberna siguiera oliendo a historias de mar.
Dicen que se ahogó, pero aún no han encontrado su cuerpo. Pasados dos años desde entonces, yo más bien pienso que bajó a la cueva y atravesó la puerta de Heródoto en busca de la Atlántida. Espero que algún día la encuentre y regrese para contarlo.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Finalistas del Premio Setenil 2011

El ayuntamiento de Molina de Segura ha hecho pública la lista de los 10 finalistas que optarán al premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en 2010.
Entre los finalistas hay escritores con una sólida carrera literaria a sus espaldas, otros quizá más conocidos por su poesía, y los hay que se han curtido ganando certámenes de relato corto a diestro y siniestro.
Pero queda confirmado (como ya ocurrió el año pasado), que cada vez se le presta más atención al microrrelato, y de nuevo hay opciones para que en esta edición se premie una obra de este género en alza.
El jurado fallará a principios de noviembre. Ardua labor.
Suerte a los elegidos:

1.- "Los ojos de los peces", de Rubén Abella (Menoscuarto); 2.- "Vidas prometidas", de Guillermo Busutil (Tropo); 3.- "Pasadizos", de Juan Herrezuelo (Instituto de Estudios Almerienses); 4.- "Tanta pasión para nada", de Julio Llamazares (Alfaguara); 5.- "Los pobres desgraciados hijos de perra", de Carlos Marzal (Tusquets); 6.- "El heladero de Brooklyn", de Fernando Molero Campos (Alhulia); 7.- "Los muertos, los vivos", de Beatriz Olivenza (Torremozas); 8.- "Ficcionarium", de Fernando Palazuelos (Baile del sol); 9.- "Distorsiones", de David Roas (Páginas de Espuma); 10.- "Cuentos rusos", de Francesc Serés (Mondadori)

domingo, 11 de septiembre de 2011

En la estación


Las puertas del vagón se abren y una marabunta de personas arrastra a Ignacio al interior, recordándole que están en plena hora punta. El aire acondicionado no funciona, el calor es agobiante y las caras de sueño evidencian la pesadez del ambiente: algunos dormitan, otros leen con aburrimiento y los hay incluso que conversan animadamente, a pesar de hora tan temprana. El tren inicia la marcha, e Ignacio que no ha encontrado asiento, mantiene el equilibrio a duras penas. Tiene las dos manos ocupadas y sus reflejos ya no responden como antaño. Una mujer le ofrece su asiento, pero él declina con dignidad de orgullo herido. Sólo son dos estaciones y prefiere viajar de pie, como lo ha hecho durante muchos años… Tantos, que ya no recuerda cuantos son. En la estación de Lavapiés se baja del metro. Espera en pie, en medio del andén, que el trasiego de la gente le permita avanzar sin obstáculos hacia el último banco, antes de llegar a la escalera de salida. Entonces alza la vista hacia el fondo y allí está ella, sentada con el bolso en su regazo, leyendo una novela de amores, de esas que tanto le gustan.
- Disculpe, joven. ¿Tiene hora?.- Le pregunta Ignacio al llegar a su altura.
Y ella, que ha salido una hora antes de la casa que ambos comparten desde hace cincuenta años, le contesta:
- Si se da prisa, llegará a tiempo a su trabajo.
- No importa, creo que hoy llegaré tarde… Igual que entonces, ¿recuerdas?
Ella sonríe, como aquel día, e Ignacio le da un beso y le coloca una rosa en el ojal. Y juntos, de la mano, dirigen sus pasos achacosos hacia la salida para hacer de su aniversario un día para recordar.