domingo, 12 de junio de 2011
Patsy Cline
Recuperemos ahora un clásico: “Crazy”. Esta balada escrita por Willie Nelson en 1961 se convirtió en todo un éxito gracias a la voz de Patsy Cline, que a esas alturas llevaba casi una década como estrella del Country. La revista Rolling Stones, ha colocado a esta canción en el nº 85 de entre las 500 mejores canciones de todos los tiempos. Pero la carrera de Patsy Cline se vería truncada en 1963 por un trágico accidente de aviación al regresar de un concierto en Kansas, apenas 3 años después de otro fatal accidente que se llevó a Buddy Holly y Ritchie Valens (una maldición, la de los accidentes aéreos, que en 1967 volvería a ensañarse, esta vez, con Otis Redding). A pesar de su temprana desaparición, Patsy Cline figura en el Guinness como artista femenina de todos los tiempos con más semanas en la lista americana de éxitos: 722 en total (251 como nº1).
viernes, 20 de mayo de 2011
Elegía a Gutemberg

El libro es un conjunto de ensayos y cada uno puede entenderse como una entidad independiente, pero el concepto como conjunto responde a una premisa básica, que es la de determinar en qué afecta a la práctica literaria (en concreto, la lectura) el impacto que suponen las nuevas tecnologías.
En una pequeña introducción, el autor se posiciona sin ambages: sus perspectivas son pesimistas porque habla desde el punto de vista de un lector impenitente que cree firmemente en el lenguaje como motor evolutivo del hombre frente a la tecnología. A ésta la ve como una amenaza que derriba los viejos presupuestos humanistas sobre la soberanía del individuo. Aunque es evidente, el autor reconoce que su implicación en la temática de la lectura (recordemos que Sven Birkerts es crítico literario), no le permite el distanciamiento de un observador imparcial. Hecha esta aclaración, vayamos al contenido.
El libro está dividido en tres partes. En la primera, el autor hace una reflexión sobre el lugar que ocupa la lectura y la sensibilidad lectora en nuestra cultura actual. Y lo hace contando su propia experiencia como lector desde la adolescencia, edad en la que se plantean las más profundas cuestiones existenciales.
No sólo en esta primera parte, a la que titula “El yo lector”, sino en todo el ensayo, Sven Birkerts hace referencia constantemente a autores que han supuesto algo importante en la formación de su propio concepto de la literatura, como Virginia Wolf, Henry James, Thomas Wolfe, Hemmingway, Herman Hesse, Conrad, Salinger, Jack Kerouac… Es innegable que el amor a la literatura se respira a lo largo de las páginas del libro.
En uno de los capítulos, el más largo de esta primera parte, hace un recorrido de sus años de juventud, desde sus estudios en el instituto hasta que acaba ejerciendo de crítico literario, oficio al que llega tras un frustrado intento por hacerse un hueco como autor de ficción. Curiosamente esos pasajes están narrados con un estilo que entra con facilidad en el lector, como si en lugar de un ensayo estuviera escribiendo una novela sobre su vida. (Creo adivinar que aún late en él el gusanillo de la escritura creativa).
Su objetivo en esta primera parte es constatar una realidad que él mismo ha vivido como profesor de un curso de relato corto para estudiantes de una universidad local: los jóvenes criados en la cultura electrónica, es decir, aquellos que han crecido viendo la televisión y manejando un ordenador antes de aprender a leer, son incapaces en su mayoría de entender el mensaje de un libro.
Considera además, que a medida que han ido evolucionando y ganando terreno las tecnologías de la información se ha ido produciendo una sustitución de lo vertical por lo horizontal, en el sentido de que ya no se hacen estudios o lecturas reposadas, con profundidad, con afán de entender el origen y repercusión de las ideas (lo vertical); sino que ahora existe una tendencia a abarcar más, a hacer una lectura más extensiva que intensiva (lo horizontal), con la consiguiente pérdida de profundidad.
Sven Birkerts justifica esta teoría al decir que el modo en que recibimos la información determina nuestra manera de experimentar e interpretar la realidad, ya que el soporte material ya no es el papel, el libro, el objeto que perdura en el tiempo, sino los circuitos electrónicos en constante evolución; del mismo modo que la página impresa se está viendo desplazada por la pantalla de un ordenador, voluble por definición.
En la segunda parte, titulada “El milenio electrónico”, el autor entra de lleno a enumerar los peligros que para la lectura tiene el desarrollo de las tecnologías, empleando un tono, a mi entender, alarmista. Sí estoy de acuerdo en su apreciación de que se está produciendo una degradación del lenguaje, y también en lo que él denomina “la pérdida del yo privado”, en una sociedad en pleno proceso de colectivización. Sin embargo, también dedica muchas páginas a hablar de otras serias amenazas, según él, como la audición de libros en cinta para sustituir a la lectura, o la aparición del hipertexto. Éste consiste en que el escritor ya no necesita trabajar sólo, pues la tecnología proporciona la opción de una escritura interactiva o en colaboración.
En la tercera parte el autor hace un balance de todo lo expuesto anteriormente que da pie como conclusión final a varias reflexiones.
Por un lado, la cultura actual está evolucionando hacia una nueva forma de comunicación, lo cual puede suponer una crisis semejante a la sufrida en la antigua Grecia al pasar de la cultura oral a la cultura escrita.
Por otro lado se refiere a la muerte de la literatura, que tantos debates ha suscitado ya. Sven Birkerts sostiene que las auténticas obras deben su importancia al hecho de que captan aspectos cambiantes de nuestro mundo, que nos ayudan a entenderlo y a reflexionar. Así en el siglo XIX, la novela sirvió como una lente de aumento aplicada a una sociedad de clases (Stendhal, Tolstoi, Víctor Hugo, Balzac, Dickens…). Después, en el siglo XX la novela trasladó su preocupación al individuo convirtiéndolo en un instrumento para la investigación psicológica (Wolf, Joyce, Conrad, Proust, Foster…). Pero no advierte que la novela haya evolucionado desde entonces, salvo algunas excepciones como Paul Auster, pues no ha sido capaz de mantenerse a la par de los cambios sociales. De ahí su pesimismo respecto a la supervivencia de la novela.
En líneas generales, me ha parecido un libro provocador, escrito desde el alma, desde el sentimiento, también a veces desde el resentimiento, pero me ha proporcionado una visión interesante, que sin duda se debe tener en cuenta, respecto a un problema que trasciende de lo puramente literario.
En mi opinión hace tiempo que los grandes grupos de comunicación de masas han sustituido a los escritores en el papel de cronistas de su tiempo. Antes el escritor era periodista, historiador, sociólogo, testigo, narrador y agitador de conciencias; pero ahora, aunque siga reivindicando ese papel, su influencia se diluye porque en una sociedad de la imagen, es la inmediatez, el eslogan, el mensaje directo lo que realmente (y tristemente) tiene peso. Pero no por eso se dejarán de escribir obras importantes en todos los ámbitos de la cultura: filosofía, historia, pensamiento político, novelas… En este punto disiento del autor: la novela no morirá, como no han muerto ni morirán la poesía o el teatro, cuyo origen es bastante anterior a aquélla. El escritor seguirá escribiendo novelas, pero sus obras estarán destinadas al entretenimiento o a satisfacer las expectativas de los distintos grupos de opinión. El escritor ya no puede entablar una lucha en solitario. Sólo sobrevivirá en la medida en que sea aceptado o sea capaz de integrarse en el grupo de comunicación que publica sus obras.
miércoles, 11 de mayo de 2011
En el hospital

Tengo una vecina que desde hace un mes dedica dos horas diarias a atender a un niño enfermo, ciego y tetrapléjico a consecuencia de un accidente. Me dice que se le rompe el alma al escucharle cuando se queja de la fatalidad que le impide hacer ahora todo lo que le gustaba: correr, saltar, jugar en el parque con su perro, leer tebeos y pintarlos, mirar el cielo estrellado en la noche de San Juan, llegar a ver el mar por primera vez… Nada se le ocurre a mi vecina que le sirva al niño de consuelo, y la veo apurada y compungida cuando me la encuentro en el descansillo al volver del hospital.
- ¡Angelito, no puede hacer nada!.- Me dijo un día al borde de la lágrima.
Y yo también sentí gran pesar. Aunque aquella noche, pensando en ello mientras escuchaba mi disco favorito, llegué a la conclusión de que para soñar yo cierro los ojos y me tumbo sobre la cama.
Todavía puede hacer muchas cosas.
sábado, 30 de abril de 2011
Françoise Hardy
Volvamos al sepia (que no al color) y recuperemos la canción francesa. “Tous les garçons et les filles” fue el primer éxito de Françoise Hardy en 1962. Tenía 18 años, una educación en un colegio de monjas y decenas de canciones escritas antes de cumplir los 15. Su familia la animó a tocar en clubes parisinos y a buscar discográfica. Fichó por Vogue, que quiso presentarla como chica ye-ye. Craso error: no era música de consumo lo que ella hacía. Era una cantautora. “Tous les garçons et les filles” habla del desamor, de la soledad no deseada, de una chica que camina sola entre muchas parejas de enamorados, y se pregunta cuándo encontrará a alguien que la quiera. Viéndola, tan guapa, tan dulce, tan francesa, me extraña que se lo pregunte.
Por cierto, curioso videoclip de coches de choque, norias y faldas al viento.
domingo, 17 de abril de 2011
En el café

Por aquel entonces, la puntualidad se erigía en un rasgo nada desdeñable de mi personalidad. A las ocho solía salir de la oficina y antes de marchar a casa me pasaba por el ‘Constantinopla’. Allí, la decoración me trasladaba a un mundo pretérito de sueños y melancolías y yo me dejaba llevar por los aromas que prometían noches de placer. Al otro lado de la barra, frente a la que me pertrechaba para escapar de la rutina, veía siempre a la misma mujer sentada a la mesa, solitaria y meditabunda, con un punto de elegancia discreta que la hacía más misteriosa y atractiva.
Una semana después supe que se llamaba Rosaura y al mes siguiente estábamos inmersos en una relación prometedora, a tenor de lo insaciable de nuestros encuentros. Pero pronto se trocó en una nave difícil de pilotar, a pesar de mi naturaleza permeable y sacrificada. Así que antes de acabar en la autodestrucción decidimos dejar que nuestros caminos discurriesen limpios de polvo y paja, en espera de que cicatrizaran las heridas que nos dejó la ansiedad y el dolor.
Hoy se cumplen tres años de nuestra despedida, y aquí, en el ‘Constantinopla’, nada parece haber cambiado. Acabo de salir de la oficina y antes de marchar a casa me dejo arrastrar por el aroma de mi sempiterno café, mientras me decido a averiguar el nombre de una extraña mujer sentada a la mesa, al otro lado de la barra, a la que llevo observando desde hace una semana.
Pero quisiera pensar que en el ‘Constantinopla’, los finales no siempre son los mismos
lunes, 11 de abril de 2011
La casa habitada

La editorial Algaida nos trae como viene siendo habitual en los últimos años (en edición bastante cuidada de encuadernación y formato de letra) las novelas premiadas en el XXVIII certamen Felipe Trigo. En la modalidad de novela corta se llevó el premio “La casa habitada”, de Carlos J. Climent. Como su título indica, esta novela narra la historia de una familia que se instala en una casa que ya está habitada. La situación de partida, que puede parecer chocante si la llevásemos al mundo real, se hace verosímil con el desarrollo de la trama por la buena caracterización de los personajes, a los que dota de un perfil psicológico muy marcado. Conforme avanza la acción y en la línea del cuento de Julio Cortázar, “Casa tomada” (del que es claro deudor), la evolución de los acontecimientos nos conduce hacia un final, no por previsible, menos impactante.
Sin embargo, en el cuento de Cortázar principalmente lo que prevalece es el misterio, pues desconocemos qué presencia extraña es la que invade la casa, con qué intenciones y por qué, o cómo terminarán los protagonistas. Estas incertidumbres dan a “Casa tomada” una mayor riqueza al sugerir muchas interpretaciones: algunos podrán ver en el mensaje del cuento una metáfora sobre la situación política argentina; otros sugieren que hay una especie de sombra del pasado que acecha a unos personajes cargados de culpas o miedos; e incluso hay quien ha visto en esa presencia extraña una biblioteca que crece sin control a medida que pasa el tiempo hasta amenazar con ocupar toda la casa. En cambio, en “La casa habitada” sabemos desde la primera página que es una familia ajena la que ocupa una parte de la casa del protagonista, lo que dirige la atención del lector hacia el desenlace final. Un desenlace que me ha hecho recordar el ambiente enrarecido que impregnan las novelas de Kafka. Por eso me atrevería a decir que “La casa habitada” es más deudora de “La metamorfosis” que del cuento “Casa tomada”. De hecho, en el epílogo de la novela el autor justifica que “la melancolía y cierta angustia de estar vivo debían circular por las palabras del texto”. Y en cierto modo, Carlos ha sabido reflejar el miedo del protagonista a vivir en un mundo regido por reglas que no entiende y lo proscriben. ¿Acaso hay algo más kafkiano que esto?
Carlos J. Climent ya había demostrado con sus obras anteriores (sobre todo con la deliciosa colección de cuentos “Conversaciones en el balneario”, que encontré por casualidad en un puesto de la cuesta Moyano) que es capaz de construir buenas historias con personajes creíbles y humanos. Sería interesante comprobar cómo se desenvuelve en narraciones más largas. Pero de momento, en esta novela corta que nos ocupa, consigue hacer una reescritura de uno de los mejores cuentos de Julio Cortázar. El reto, desde luego, es difícil por lo atrevido de la propuesta. Exponerse así al escrutinio de los que veneran al maestro en el altar de los ídolos de las letras denota en primer lugar mucha valentía por su parte y luego un cierto grado de provocación, tan necesario para mantener vivo el nervio de todo escritor que se precie.
A mi juicio, Carlos sale airoso de la prueba, aunque siempre haya algún inquisidor que se mate la vista intentando encontrar materia para condenar a Carlos J. Climent a la hoguera de los blasfemos.
Pues nada, que ladren mientras Carlos sigue escribiendo.
Todos lo agradeceremos.
sábado, 26 de marzo de 2011
Martha Reeves and The Vandellas
“Dancing in the street” fue el single de debut de este grupo en la Motown. La canción fue escrita por Mickey Stevenson y Marvin Gaye y pensada en un principio para la voz de Kim Weston. Pero su negativa a grabarla, le llevó a Martha Reeves a popularizarla. Tiene la frescura del Rythmyn Blues de los primeros 60, (con un cierto sabor a Ray Charles), y ese tono festivo que anima a seguir la letra y bailar en plena calle. Es 1964, época dura de reivindicaciones por la igualdad racial en Estados Unidos, y muchos de estos líderes quisieron ver en la canción un motivo de agitación social. A su llegada a Inglaterra un periodista le preguntó a Martha Reeves por esta cuestión. Su respuesta fue tajante: “My Lord, it’s only a party song!”. Puede que tuvieras razón, querida Martha, pero aún está por valorar lo que canciones como esta han hecho por la igualdad racial en el mundo.
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